Cuento

La puta leonor

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a George Brassens
a quienes son diferentes

 

Pobre señora Leonor, nació un martes de Octubre, al alba, por culpa de una veleta loca y mentirosa que le dijo que ése era el día y el momento en que los almendros florecían, y ella, almendra salada, le hizo caso y vino al mundo sin madre ni padre, porque nadie le había advertido que, almendra salada, Señora Leonor, sin padre ni madre, hijos nunca han sido, ni serán, ni…

Almendra con sal la Señora Leonor, medio en broma medio en serio creció por campos de tardes perennes…, ella sola, jugando con las horas, con las sombras y con el viento que, Norte Sur Este y Oeste, a la veleta yerma y farolera hacia buscar su dirección.

¿Quién es esa loca? Callad, es la Señora Leonor, y está tan loca que hasta nació por equivocación, ¿Recuerdas? fue el año en que los avellanos de avellanas tostadas florecieron todos un martes de octubre…, al alba, por locura, por error. ¿Avellanos tostados por error? ¿No fueron los almendros con sal?

Señora Leonor, pasa… pasa el tiempo y ahora: copita de anís al atardecer, aunque dicen las brujas que es la esencia de la flor del enebro lo que —¡Malas brujas!—, bebe la señora Leonor;
almendrita salada,
avellana dulce,
uva y nuez,
que ya tiene su querido y todo, como señora de verdad que vistiera abrigo de visón.

Murmuran las malas hierbas. Pero a nadie le importa el novio manco, amante mudo, amante sin pruebas del sitio secreto que vendía pajaritas de papel; mutilado de guerra, cacahuete picante de la Habana de Cuba; pajaritas que cultivaba en campos furtivos donde señalan las brujas —¡Guindilla y ajo! —, que la Señora Leonor perdió el honor bajo el manco que vendía pajaritas de papel, desde la salida del sol hasta el atardecer.

Amor negro entre almendra salada de mujer que no es, y un manco, perdedor en una de guerra de ayer.

Y si para los alcanfores con almidón, cuando detrás de las sombras le murmullaban:

— Leonor, ¿Por qué entre tus piernas juega el manco muñón…y nosotros no?— ya fue usted: “la puta Leonor” , otros (con perdón para esos rechazados; cuellitos blancos y trajes de terciopelo), nos quedamos con lo de: “Señora…, Leonor”.

Almendra salada,
avellana dulce,
tomate blanco,
que nadie pudo quitarle la alegría hasta que…,
que mala hostia la de usted, señora Leonor, la mañana en que la veleta fatua, figulina y embustera le dijo que esas campanadas que a usted tanto le estaban alegrando el corazón, no eran de festejo ni fiesta mayor; que no espere usted gigantes y cabezudos, petardos ni colorines, flautines ni tambor ¿Es que no oye qué lúgubres que son? Ay Señora Leonor, que esas campanas llaman a muerto, llanto, negritud y dolor.

—¿Pues quién murió?
— Un manco, perdedor, vendedero furtivo en sitio secreto de pajaritas de cartón
— ¿No serían de papel?
— Puede ser.
—¡Hipócritas, canallas, pendencieros y cabrones! ¡Si nadie le quería por manco;
por cacahuete quemado;
por aguijón bien dotado
y por perdedor de guerra sin cuartel,
¿Por qué esas campanas de nieblas y hiel?!
¿¡Quién va a llorar a ese pimentón!?
—… pues…, sólo las pajaritas…,
y usted, Señora Leonor.

Desde entonces, pobre Leonor. Qué loca está usted: moño, albornoz y zapatitos de charol. Extraña elegancia la suya, señora Leonor, con su perrito de trapo y su collar de perlas fantasmeras. Vendedora secreta y clandestina de avionetas de cartón. Y mire que la veleta la volvió a engañar con aquello de que el viento era un amante cruel y traidor, pues eso de tanta desnudez donde nadie más que el viento y el sol la podían ver, acabaría en preñez.

Y una vez más, usted se lo creyó, cuando por ahí va diciendo que estas avionetas hijas suyas y de los vientos son.

Ahora, vieja y revieja
arrugada garrapiñada sin azúcar,
uva pasa medio reseca
y sola entre ausencias, que nadie vuelva a quitarle la alegría, y que se jodan el azufre, el alcanfor y la lejía cuando a horas de alba pasea usted, Señora Leonor, por las plazas y callejuelas soltando avionetas de vuelo torpe hacia los campos de almendros en flor: almendros despistados que están floreciendo fuera de tiempo, como usted, Señora Leonor, que los olivos no son rosas, Señora Leonor, que las avionetas de cartón sus hijas no pueden ser, señora Leonor, que las campanas a veces tocan a muerto, Señora Leonor, que usted no le puede hablar a una veleta loca y marrullera Señora Leonor, que para alcanfor y corbata usted no es Señora, Señora Leonor.

Murió una noche de alquitrán…, procesiones y velas, castañas, invierno y pastas de piñón creyendo que era el carnaval, y le gustó morir esta vez en noche de jolgorio, vicio y pasión. Pero se volvió a equivocar, que esa noche era noche de otro color, y hasta se emocionó cuando los higos que pinchan —por haberles sacado de la noche decorada de dolor y de llanto pintado—, se negaron a enterrarla y dejaron que se secara sobre una roca, como los pellejos puestos al sol.

Aunque a ella, que había sido amante de un manco, del viento, de la luz y del calor; nacida de duende reidor; confidente de veleta y madre de avionetas de cartón, escuchad, jauría de perros, ¿Qué más le da?… ¿Qué más le da?

Vaga ahora transparente y traslúcida mecida en el aire como cometa sin lastre; su canto de pájaro se mezcla con el viento, figura invisible se acerca a la piedra donde su almendrita se secó; sitio donde hoy crece para siempre un liquen de cobre, ocre, color de ámbar o verde, y a quien lo observa ella le susurra sin voz:

—Mira bellota, esa soy yo: La Puta Leonor.

Por: Lluis López Sanz (Escritor de Letras & Poesía) 

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