Almudena Anés (España) Escritores de Letras & Poesía Relatos

Polaroids

Translúcido 5

Estoy en medio de la habitación, a oscuras; sólo queda una vela encendida en la tarta y está a punto de apagarse. Todo el mundo espera que sople y apague la última luz que me queda, pero la verdad es que me da demasiado miedo caminar a ciegas. No recuerdo muy bien cómo empezó todo, aunque ahora ya no me acuerdo de casi nada; no sé si fue con unas llaves o algunos nombres; no sé si estaba solo o con mi familia…

Es frustrante, pero, en realidad, no sé nada. Sólo veo fantasmas y rostros desconocidos revoleando a mi alrededor, zumbando por mis oídos y soy incapaz de entenderles, pues no sé quiénes son ni qué quieren de mí; por eso, guardo silencio y continúo dibujando en mi cuaderno de tapas duras, y pensando, siempre pensando. Tal vez dibujar sea la única cosa que verdaderamente mi alma recuerda, memorizando mi mano cada trazo con el carboncillo, deslizándose por el papel… pero es sólo eso, dibujar por dibujar, por pasar el rato, porque me da mucha rabia no saber por qué lo hago, o por qué empecé, o por qué me calma… Son cosas que escapan a mi mente, ahora vieja y senil, incapaz de guiarme por este camino de baldosas amarillas.

Y es que estoy flotando por la galaxia sin el piloto automático puesto, estoy con una sonrisa eterna en el rostro, la cara de un idiota que no para de babear, mirando la televisión sin parar, muriendo por dentro. Pronto sólo quedarán las cenizas de lo que una vez fui.

Es ahora, después de tantos años, cuando me doy cuenta de que la vida en sí, los recuerdos en realidad, son fotografías que guardamos con recelo en el fondo de nuestro cerebro, con candado de doble llave: una que siempre llevábamos al cuello, y otra que dejamos escondida debajo de nuestra almohada, con la inocencia de un niño que teme hacerse grande, aunque no quiera reconocerlo.

A mí me han reventado el baúl de los recuerdos, y han echado todas mis Polaroids viejas en una hoguera en medio del bosque, me estoy quemando las manos por salvar a los fantasmas de los que no volverán a ser, de los que nunca serán, de los que nunca volverán a estar. Quiero volver a disfrutar de los revelados de las sonrisas de todos mis antiguos desconocidos, sentir otra vez los colores de los besos y abrazos de todos los que me quieren y yo no puedo querer. Estoy gritando en mi interior y nadie puedo oírme desde el exterior…

¿Alguien puede oírme? Esa es la cuestión.

Así que aquí estoy, en mitad de la nada, en el cruce a ninguna parte, gritando en silencio, esperando que alguien me diga quién soy, cuál es mi nombre, mi mujer, mis hijos, mis amigos… Me estoy quedando a oscuras justo en la tormenta, me estoy abandonando en mi barquito de papel a océanos de tiempo, durmiendo lentamente entre el balanceo de las olas, intentando recordar, recordar, recordar…

La verdad es que no existo, dejé de existir hace mucho tiempo. Todo el mundo que viene a visitarme a este pueblecito de incendios de nieve sabe quién soy; sin embargo, como yo no lo sé y no puedo recordarlo, no existo, me borro del mapa, porque ese es el verdadero problema: estoy olvidando mi esencia.

Cuando me miro en el espejo roto en siete pedazos de mi habitación roja, veo a un anciano de pelo canoso y hundidísimos ojos zarcos, ahogados en la miseria, difuminados en nubes grises del norte, sin vida. Un cuerpo escuálido, la piel débil y pálida, con las venas en sangre fresca latiendo por ellas, colapsando, eclipsando… muriendo.

Ese es el reflejo que me dan esos trozos caídos y esparcidos por el suelo, la imagen de un hombre al que una vez debí de conocer muy bien y que ahora se me antoja como un completo desconocido. Los pedazos de cristal rotos, las lágrimas con olor a tierra mojada, los cafés de por la mañana… todos arden con las Polaroids desconsoladas, con un alto nivel de saturación, en tonos sepia y blanco y negro, sombras muy lejanas de lo que una vez fue una vida en lo más alto de la montaña rusa y que, después, se precipitó en una carrera sin control hacia un abismo eterno.

Pero siguen siendo las Polaroids mi único consuelo: aunque todo sean fantasmas, escenarios de películas en las que yo no soy el protagonista o momentos e instantes robados, son la última cosa que me une con la realidad…

Mi antigua realidad.

Me gustaría algunas veces que me conectaran a ese antiguo paraíso de reminiscencia prometida, donde convive el Madrid del 69 con las cervezas en el bar de los domingos, el nacimiento de mis hijos y mi boda; mi divorcio, mi segundo matrimonio, mi primer cuadro, mi primer viaje, el décimo cumpleaños de mis nietos… Todo… Pero no existe, es mentira, es todo lo que han contado esas Polaroids tan viejas y asquerosas, que se pudren poco a poco al igual que lo que queda de mi memoria.

Hay unos versos de un poeta que me gustaba, que me definen bien. Quizás era también como yo, y no estoy solo en este árido paisaje entre el vacío existencial y el olvido final…

Cierro los ojos para ver más hondo
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo: la memoria.

El caso es morir, un apuñalamiento certero para el recuerdo no estaría mal, pero me da igual, la verdad es… ¿de qué estábamos hablando?

Por: Almudena Anés (Escritora de Letras & Poesía) 

https://historiasdel98porunadel13.wordpress.com

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