Adiós

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El contorno de sus labios perfectamente difuminados dejan entrever una sonrisa, que en un silencioso grito me dice: no te quiero más. Hace años que nos conocimos, y hace unos pocos que vivimos juntos. Hoy sus ojos se encuentran perfectamente delineados, la pupila de un hermoso color avellana tiene una chispa de alegría, y sus rizadas pestañas se encuentran largas; algo me dice que aquellos grandes y hermosos ojos me miran, pero no me aman más. Sus dedos que antes obraban con caricias sobre mi piel, y jugueteaban con mi cabello, ahora no son más que simples dedos tocándome como fuego sobre papel. Y qué decir de las mejillas que en su tiempo se tornaban de un delicado color rojo, al decirle lo hermosa que se encontraba, y esta noche solo sale de su boca un simple: gracias. El cabello negro y largo que conocía se ha convertido en un corto y perfecto rizado, que le sienta muy bien. Hace noches que rechaza mis caricias, con el tonto pretexto de su cansancio. No me mira como antes: llena de ilusión, deseo, cariño, y todos los sentimientos que en su mirada podían caber.

Tiene puesto el vestido más bonito de todos, ceñido de la cintura hasta sus senos, en donde un discreto escote deja admirarlos. Resalta esa silueta que mis dedos saben de memoria, la dibujaría aún sin mirar el trozo de papel; mis dedos han recorrido ese camino lleno de secretos, en donde cada curva tiene algo escondido solamente para quien sepa amarla. Tantas noches y madrugadas nos susurramos el más placentero secreto de la vida, admirando su sonrisa que me dejaba claro que los ángeles existen, ahora comparada con las tardes de otoño queda mucho más que melancolía.

Está claro que su mirada y esa divina sonrisa ya no son para mí. Espero que él causante la haga en verdad muy feliz, que la valore tanto como yo, que admire cada centímetro de su cuerpo, que la ame, que ame sus figura desaliñada por las mañanas, sus contradicciones y sus deseos, que ame el brillo de sus ojo cuando habla sobre sus más grandes deseos, que sobre todo la ame. Que la cuide en su enfermedad, que la acurruque entre sus brazos las noches llenas de llanto, que beba sus lágrimas y que guarde sus alegrías. Que la ame, pero no tanto como lo hice yo. Porque si la ama como yo, tendrá plenitud en un principio, sentirá el mundo en sus manos, y de un momento a otro vera como se le resbala.

La puerta de la habitación enmarca su despedida; años atrás ella paso por ahí mismo, sonriendo, diciendo lo mucho que me amaba y lo feliz que se encontraba por estar conmigo bajo el mismo techo; hoy se va, y me deja solo, con los recuerdos en la mano y su despedida tan lejana. –Que seas feliz– logro articular –Lo soy– responde. Y así se va, sin mirar atrás, llevándose todo lo que le pertenece, dejando vacío lo que en algún momento fue hogar.

Por: Ana María González (Escritora de Letras & Poesía) 

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