Amor Ana Maria González (México) Cuentos Desamor Escritores de Letras & Poesía Nostalgia Relatos Tristeza

Lunático

Una noche en la cafetería a la que solía frecuentar, vi a un hombre de piel arrugada y cabello cano, que junto a la ventana tomaba un americano, era imposible ignorar su canto mientras veía la inmensidad de la noche a través de la ventana. Me acerqué a él para compartir de nuestra soledad, y entre recuerdos que se encontraban perdidos, personas anheladas y sueños rotos, me confesó que la luna era suya, dándole por loco me reí, y muy seriamente me contó que hacía años tras el alba, salió a su patio a fumar un cigarrillo, el frío y la soledad de la oscuridad le rodeaban. El silencio de pronto fue cortado por unos profundos sollozos que emergían de la nada, atraído por la melodía que formaban buscó el origen de tales penas, hasta que vislumbró entre los rosales a una pequeña mujer desnuda de piel tan blanca como el marfil y tan brillante como las estrellas.

Le daba la espalda y lloraba desconsoladamente, no quiso interrumpir la composición que las notas del llanto formaban, así que sin hacer ruido regresó a su aposento y tomó una manta, al regresar la cubrió y la levantó en sus brazos para abrazarla. Entonces la doncella levantó la mirada y él pudo admirar por primera vez unos enormes y centelleantes ojos color ámbar que le calmaban.

La llevó a la cama, la arropó y aquella noche el humo ya no fue necesario para saciar su vacío; la admiró toda la velada, recorriendo con la mirada hasta el más íntimo rincón de aquella Venus postrada en su cama. Era algo tan grande lo que el recuerdo despertaba en aquel hombre, que para describirlo sus ojos hablaban. Admiró el cabello tan negro como la noche y tan abundante como las penas; la cara ovalada y sus ojos apaciguados después de los mares de llanto lo calmaban; las curvas de los esplendidos senos, la cintura y la cadera le hacían desear recorrerlos con la yema de los dedos, pero temiendo despertarla y arruinar tal obra de arte prefirió simplemente admirarla.

Desprendía un olor dulce como el caramelo; más tarde cuando tuvo la fortuna de probar cada centímetro de su piel, descubrió que aquel era su sabor y fue tan grato para él como un dulce a un pequeño desconsolado. ¡Y cómo olvidar aquella aura que irradiaba de su piel! Era sin duda, el ser más hermoso que jamás había visto.

Sin sentir las horas que pasaban corriendo por sus pies se hizo de día, entonces los rayos solares entraron por la ventana y cubrieron su desnudez. Inquieta a causa de la luz, abrió los ojos y lo miró, después de unos segundos de intercambiar miradas, sintió sus delgados bracitos rodeándolo con fuerza, ese primer abrazo fue tan cálido para él, que lo comparaba con las tardes otoño.

Hablaron por horas aquel primer día, desnudos de prejuicios se conocieron. Ella era hermosa a simple vista, pero nada se comparaba con su interior. De algún modo fue capaz de calmar al joven de vida mísera y descompuesta, de llenar por un momento su vida. Él que se creía el ser humano más despreciable del mundo, para ella era la persona más humana y enternecedora que jamás había visto.

El día se hizo noche, al alba rieron, y en la noche oscura tirados en el aposento se abrazaron, la pequeña estatura de la mujer hacía que su cabeza reposara sobre el grande pecho del afortunado, así podía ella escuchar su corazón latir, y por primera vez pudo sentir la verdadera compañía de alguien, ¡ella que tan acostumbrada estaba a la soledad! Lo miró a los ojos que llenos de tristeza imploraban que lo rescataran, sintiendo amor le beso, sus suaves labios se unieron en una misma sintonía, que hizo al universo se paralizarse para hacer eterno aquel instante. Aquella segunda noche sin luna se amaron como si el mundo se acabara y ya no hubiese un mañana.

Así pasaron noches, amándose sin restricciones y soñando a través de la única ventana que la habitación tenía, él miraba la oscuridad que había afuera, pero no le importaba ahora, pues ella iluminaba con su estancia su desdichada vida.

Se amaban, más que a nada en el mundo, pero su destino no era estar juntos. Una noche después de una tonta pelea ella salió, se sintió tan desesperada que sin decir adiós se fue, sin recordarle que a pesar de todo, ella lo amaba más que a nada, incluso daría su vida por verlo bien, pero no podía soportar más aquella compañía forzada, el distanciamiento que daba y la frialdad que ahora sustituía a las noches llenas de fuego.

La vio irse, salir por la puerta corriendo, destrozada en mil pedazos, llorando tanto que sus ojos se hacían agua, no la detuvo. Sabía que ella estaría mejor sin él, porque él le carcomía la vida, apagaba la llama de su libertad, y la dejó ir porque la felicidad del ser amado es más importante que las necesidades egoístas y mundanas que a veces uno tiene.

Al día siguiente sólo sintió el vacío en la cama, el olor a caramelo aún impregnado en las sabanas hacía resaltar su ausencia. Por la noche sumido en la oscuridad unos rayos lunares se colaron por la ventana que solían mirar, inundando la estancia de luz como ella solía hacerlo.

Ella condenada a la soledad cada noche regresaba a mirarlo. Hubo veces en que lo vio destrozado, otras riendo y cantando, besando a otras mujeres, incluso amándolas, a veces olvidandola… pero nunca lo logró. Por eso cada mes cuando se encontraba más hermosa que cualquier otra noche, orgullosa se dejaba admirar por él, y él feliz de la vida le cantaba a su luna, la recordaba como el sueño de la mujer que le hizo conocer el amor. Como la luna que una vez cuidó.

Dedicatoria: Por si llegas a leerlo. Este pequeño cuento aunque un tanto malo es para ti, “para aquel hombre que una vez cuido de la luna…” espero que te guste y disfrutes al leerlo tanto como yo al escribirlo. Cabe recalcar que tú mereces más que estas insignificantes palabras, pero sabes que esta mi manera de agradecerte tanto, así como de recordar lo que alguna vez fuiste para mi. 

Por: Ana María González (México)

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