
He perdido de vista la cuenta
de las horas, ya pasadas,
que se van,
si las dejé allá fuera,
si las dejé en la acera
ya da igual,
ya han pasado el frío
como yo lo entiendo,
la angustia de tiritar.
Ahora que empatamos,
nos decimos la verdad.
Ya no están
ni las manchas de sofá
de una dejadez extrema,
las reliquias del pasado ya no están,
que sabían (a) merecer la pena,
los tugurios de los bares de ciudad
donde sabíamos derribar las puertas,
las mañanas de café y humanidad
donde saborear las horas muertas.
No supimos estar,
ya que nos decimos la verdad.
Cuando crispen los despojos de la edad
y nos embistan las paredes,
las pisadas,
las ciudades de gramola
que siempre vuelven a empezar,
la humedad invasora
que nunca deja de acosar,
la soledad, nuestra soledad,
la excelsa soledad
que cojea,
carcomida,
en hambrienta soledad,
aceptemos nuestra edad
y dejémonos ser tiempo
para no ser difuminados
en las horas,
nunca,
jamás.



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