Autores Joan Aniorte (España)

Las guerras

Se decía sobre los ejércitos que sólo los muertos conocen el final de la guerra y yo siempre he pensado que la única guerra que quiero vivir es la vida.

Resulta, además, que maneras de vivir hay muchas y por tanto, cada uno enarbola su sable en la causa que le parece más justa: los hay que se pasan excavando día tras día en un vaso, tratando de encontrar el fondo empinando los codos, siendo su instinto animal un desanimado beodo. Los hay que raspan la barriga con la punta de los dedos, intentando que caigan las migas que sobran, comparan su cintura con el ancho de los folios y resquebrajan la autoestima que el espejo no les brinda.

Los hay honorables, de férrea voluntad, saben ver en los demás las virtudes que esconden en los aledaños de su ser, con su infinita inocuidad y sus ganas de aportar, de sumar, de ser más, de llegar a más. Los hay también enojados, con la ponzoña de la angustia volcada en ellos. Despedazada la ilusión, aún en amnistía particular, perdieron la forma de ver la magia del momento, la esperanza es un anhelo de donde uno podría estar y no está; los vestigios de los caminos recorridos están cubiertos con motas de polvo.

Los hay que sangran entre espinas cuando buscan una rosa que les brinde el esplendor que no saben ver en su interior, hay quien rellena alcobas vacías y se marcha de puntillas, sólo son sombras de pasillo, están aquellos que añoran el hogar y los que gritan auxilio en exilio: los primeros marchan, aprenden a volar, los segundos también marchan pero huyen, mirando atónitos, sintiéndose sólo ruido.

Sabría hablar de la desolación, de la felicidad, del amor, del prejuicio. De la liviana soledad en soledad, de la pesada soledad en compañía. Podría nombrar al terror, la honestidad y lo ambiguo, de la algarabía en un espacio vacío como es el cerebro, del silencio sepulcral en los hogares cuando la eterna reina muerte ha aparecido.

Podría describir los solsticios de verano, un mar de llamas en el que deja rastro, de una nieve pálida ventilando montañas, ríos y prados, de las noches tempranas donde en la luna sonríe un gato, de las pecas luminosas del cielo y de las nubes que rebotan en charcos.
Compartimos principio y fin, curiosamente. Tanto el que hiere como el que sangra, tanto el que añora como el que marcha, tanto el que sufre como el que aflora: venimos al mundo pataleando, sollozando e irritados y nos marchamos pensando que el tiempo que se nos ha dado es corto, lleno de incertidumbre y menos de lo que merecíamos.

Menos de lo que merecíamos.

Un honorable soldado de oriente decía: Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla

Se nos da un tiempo breve, lleno de incertidumbre y menos de lo que merecemos. Nos queda enarbolarnos, aprender y enseñar a recorrerlo, o sangrar heridos de bala, arrodillados, siendo fugaces, dejando que el verdugo que nos mate no sea uno mismo, sino el frío y las cribas del tiempo.

 

Por: Joan Aniorte (España)

instagram.com/joananiorte


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