Sabía dónde buscarte, dónde cobijar mis anhelos y procurar el descanso del corazón. Y sin dar pausa a la razón, corrí desesperado, oteando el horizonte y saboreando mis latidos.
El mar reflejaba una luz mágica, en el atardecer austero de mi sosiego. Y Al acercarme, para buscarte entre las salinas impertérritas de nuestra historia, te descubrí distante, agachada y sumida en tus pensamientos, buscando algo entre los escombros y los granos blancos que nos da la vida.
Al levantar tu rostro, me descubriste desnudo, tan sólo vestido con mi alma y ansioso por ver tu sonrisa moteada de ternura. Y me miraste intensamente, entre reflejos de burla y cariño. Aquellos ojos, de claridad impoluta, cautivaron para siempre mis sentidos y confirmaron una pasión marinera y errante.
Nos abrazamos intensamente y te besé como si nunca hubiera besado a nadie. Y probé, de tus labios, la sal de la vida.



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