Autores Cuento Laura Gómez Lomeña (España)

Hablemos de ella

Ahí estaba ella, tan anciana y joven a la vez, sentada, como de costumbre, en la silla de madera que la vio crecer.

No tenía nombre estable, pues cada cual la llamaba como quería. Sin embargo, a pesar de no ser detallada mediante un sustantivo particular, cargaba sobre su espalda una multitud de comunes adjetivos. Adjetivos que solían balancearse entre lo dañino y lo lucrativo sin encontrar término medio.

No tenía casa, deambulaba cual vagabunda por una infinidad de travesías, siempre dispuesta a aceptar la compañía de quienquiera que se la ofreciese y, a pesar de no poseer habitáculo alguno, constantemente ofrecía cobijo a los desamparados.

Por unos, era descrita como la más risueña; según otros, era la más grosera del lugar.

Su apariencia, aunque ella ni siquiera se percatara de ello, era el asunto más comentado entre las personas que la conocían.  Una mayoría de individuos coincidían en su hermosura, tan hermosa era para ellos que la comparaban con la propia Afrodita. Para este primer grupo, escuchar su melódica voz era tan regenerativo como el abrazo que llega cuando más se necesita. Sin embargo, había un pequeño colectivo que la despreciaba por su, para ellos, notable fealdad. Había, también, quién supo encontrar el término medio. Quizás, quién supo hacerlo fue el verdadero afortunado. Con esta última agrupación, los adjetivos no se balanceaban tan bruscamente entre lo dañino y lo lucrativo sino que tanto dañinos como lucrativos tenían el propósito de ser plenamente constructivos. Por ello, solo esta última agrupación fue correspondida ante el cúmulo de sentimientos que ellos al unísono le brindaban.

Su voz, su reparadora voz. A veces sonaba triste, pero en la mayoría de las circunstancias sonaba radiante cual sol de verano. Diáfana, siempre tan diáfana. Tan solo bastaba con sentirla para, aun siendo el más desdichado, transformarse en el más afortunado.

Cuenta la leyenda que un niño de su desconocido pueblo natal se sentaba cada sábado a su lado para oírla. Cada sábado el pequeño se dormía justo a su lado y cuando se despertaba sentía haberse hallado en el más hospitalario de los sueños. Tras el breve sueño, el niño desadormecido siempre descubría toda la potencia que escondía su ser. Cuenta la leyenda, también, que aquella criatura era un tanto olvidadizo, que siempre se le olvidaba lo mucho que podía conseguir si confiaba en él mismo. Cada sábado, ella se lo recordaba.

Hace años, tuve el placer de conocerla. Ahí estaba ella, tan anciana y joven a la vez, sentada, como de costumbre, en la silla de madera que la vio crecer.  No se presentó, tampoco hizo falta. No sé cómo lo hizo, pero incluso sin sentir cordialidad por su parte, supe que era el mayor refugio del mundo, que sin ser océano abarcaba un continente entero, que sin ser estrella podía alumbrar a todo el que quisiera, que sin ser flor podía dolerte bien dentro como si tocases una espina tras otra, pero sobre todo, que era magia aunque ella nunca lograra saberlo.

Esa magia fue la que hizo que años después al lado de su silla estuviese la mía.

Si el cúmulo de definiciones que la conforman se anexionasen, su denominación lingüística sería ”radio”. Yo , sin embargo, prefiero llamarla hogar.  El hogar donde ser y estar se funden siendo uno, el hogar donde siempre me gustaría habitar.

Por: Laura Gómez Lomeña (España)

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