Siempre estamos discutiendo por tonterías,
nuestro hijo nos mira;
crees que no se entera
y me sigues gritando.
Él se va a su cuarto alegando cansancio,
y me sigues gritando.
Siempre estamos en guerra,
tirándonos los trastos a la cabeza,
puñales volando de uno a otro lado
y nuestro hijo en la trinchera.
No nos damos cuenta que el niño sufre,
no somos conscientes de lo evidente;
sólo le llevamos a la escuela
y le compramos chuches.
Él espera otra cosa:
una palabra dulce, un beso de buenas noches,
no tener que oír los reproches,
que nos lanzamos a cada hora.
Dejemos de gritarnos por el bien de nuestro hijo,
ya que no podemos amarnos, al menos,
tratémonos de modo cívico…
por el bien de nuestro hijo.




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