Almudena Anés (España) Escritores de Letras & Poesía Poesía en Verso Reflexiones

Los fantasmas que conocemos

-Así que mi dolor es polvo en el tiempo, ¿eso es lo que quieres decir? Sabes, es curioso cómo la vida viene y te sorprende enterrándote antes de tiempo en brazos ajenos o junto a una tumba que no es la de tu amor, sino la de otra persona condenada también a estar contigo el resto de la eternidad, lo cual es muy deprimente, la verdad.

Se paseaba nerviosa por la habitación mientras yo la miraba desde la distancia, fumando un cigarrillo junto a la ventana, el último de la cajetilla, ella ya se los había fumado todos. La atmósfera del cuarto estaba cargada de un humo azul que la hacía aún más misteriosa y decadente, seguía hablando pero yo había dejado de escucharla, sólo quería que se callara de una vez y se sentara sobre mis piernas, deseaba abrazarla y besarla pero siempre lejos, no sé si por miedo o precaución.

-No es eso lo que quería decir y lo sabes perfectamente – dije yo retomando aquella conversación tan insidiosa – Pero es cierto que ya no podemos recuperar a las personas que hemos ido perdiendo por el camino, y tú te sigues empeñando en volver al pasado para traer a gente que está mejor perdida en los senderos del ayer. Te comprendo bien, no me malinterpretes, pero deberías empezar a mirar más al futuro y a olvidar todos tus fantasmas…

-¿Ahora son sólo míos? – Me interrumpió y se giró de forma brusca, casi agresiva, el bourbon tambaleándose hacia el abismo entre sus manos.

Se quedó parada por primera vez durante toda la velada y me sonrió con malicia, como si supiera mis pensamientos más íntimos y mis anhelos más oscuros. Después se acercó lentamente a mí, al igual que una serpiente acechando a su presa, y se sentó a mi lado, en uno de los sillones marrones de aquel cuarto en mitad de ninguna parte en Londres. Me cogió la mano y la estrechó con cariño, sus ojos negros clavados en mí, fieramente hermosos.

-Creo que es obvio que no soy la única que también siente pena al recordar el pasado, ¿no?  – No respondí, ella se río – Para mí, siempre ha sido algo inevitable, ya me conoces, pero eso no quita que me queden los recuerdos, aunque sean tristes, es una de las pocas cosas que mi enfermo corazón aún puede sentir. Necesito que me entiendas porque esto – Nos abarcó con el brazo – es producto de esas escasas reminiscencias de luz en nuestros cerebros enamorados.

Me aparté de golpe y me alejé de ella, una sombra de tristeza cruzó raudo su rostro de forma casi imperceptible.

-No sabía que estuvieras enamorada de mí.

-¿Era necesario decirlo?

-Que compartamos los mismos fantasmas no significa que haya amor entre nosotras… Una cosa es el sexo y otra muy diferente, hacer el amor. De la misma manera, querer no es amar, ni amar es querer. Como experta que eres en ese tipo de artes oscuras, pensé que sabrías la diferencia y que también existen líneas y fronteras que no se deben cruzar.

No sé por qué fui tan cruel con ella en aquel momento, pero sus ojos se tiñeron de lágrimas que nunca llegaron a caer en la moqueta. Volvió a beber de su vaso hasta apurar la última gota y se lo llenó de nuevo con otro licor de la mesa. Miraba por la ventana y la luz de la luna se reflejaba en sus rizos cobrizos, estaba muy bella pero tremendamente herida, no sólo en su orgullo sino también en su pasión.

-Entonces, ¿es esto solamente sexo ocasional? Porque si es así, me he equivocado mucho contigo, amor. Como te iba diciendo antes, la vida es muy sorprendente, estos instantes lo demuestran, pero si vale de algo admitirlo en voz alta, yo sí te amo, y mucho, profundamente, como nunca antes lo había hecho… Ni siquiera con los fantasmas que ambas conocemos, pero te puedes ir si quieres, ahí tienes justo la puerta.

Apagué el cigarrillo y suspiré, tenía muchísimas ganas de llorar, todas ahogadas en mi garganta. Ella se dio cuenta y sonrió con una infinita ternura, algo que adoraba en ella. Me abrazó por detrás y apoyó su frente en mi cuello, me besó en la nuca y me susurró versos al oído. Rompí en sollozos sostenida entre sus brazos.

-No es justo, no es justo, no es justo… Eran nuestros amigos y se fueron todos, los mataron, los hicieron daño y jamás pudimos darles una sepultura, aún siento sus gritos desde la fosa común, llamándome, suplicando mi ayuda… Pero yo corrí y no volví la cabeza, no podía, tenía que salvarte, yo tenía que… Tenía que estar contigo porque te quería…

-Lo sé, lo sé… – Una lágrima traicionera surcando su mejilla izquierda – Pero todavía nos tenemos y nos amamos, estamos vivas por ellos y ellos vivirán su vida a través de nosotras, amor… Sí lo harán, siempre estarán con nosotras…

No sé cuánto tiempo pudimos estar así pero la culpa, el remordimiento, el dolor, la pena, la tristeza, la amargura, el llanto, la rabia, la ira nos hicieron compañía aquella noche mientras recordábamos a los que faltaban en la habitación. Veíamos sus rostros y escuchábamos sus risas desde la muerte, les echábamos tanto de menos… Y todos murieron por la guerra.

Nosotras también éramos víctimas, pero no volvimos a ser nunca más fantasmas.

Por: Almudena Anés (España)

historiasdel98porunadel13.wordpress.com

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