Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Laura Gómez Lomeña (España)

Recuerda, tú que puedes.

De nuevo me encuentro en esta fría silla. Fuera el sol abriga con una fuerza incontrolable pero aquí dentro el miedo se cuela por la ventana que alguien olvidaría cerrar ayer. Una vez más, me ha vuelto a llamar. Él se llama Bruno y yo me llamo Noa, él es el orientador de mi instituto y yo, sin embargo, soy la simple y llana i de cualquier punto.

Recuerdo la primera vez que me senté en aquella fría silla como si de ayer se tratase, tenía 14 años y por aquel entonces era atractiva, inteligente, y aunque la felicidad no viviese en mi interior, era de las más sonrientes de mi promoción. Sentarme frente a Bruno suponía tener que desnudar mi alma hasta encontrar la bala que me había herido fuertemente, pero una corazonada me decía que después de que el miedo me hubiese ganado tropecientas guerras, yo estaba ganando la batalla.

Mis padres habían convertido mi casa durante dos años en un duelo de armas, jugaban a quién se dañaba más por dentro, a quién ganaba antes a perder. Dos años después la partida terminó, y yo, que había estado presente en cada uno de los tiempos muertos, en cada uno de los fuera de juego y en cada una de las prórrogas, estaba tan herida como ellos. Por todo eso, por las lágrimas en cada descanso de los cuarenta y cinco minutos seguidos de tiroteo, por las cosas que se perdieron en la mudanza cuando tuve que elegir con quién vivir y por los comentarios de los imbéciles que compartían seis horas de mi día a día mientras estábamos encerrados entre las cuatro paredes de aquel infierno al que solemos llamar instituto, decidí sentarme en aquella fría silla un triste día de invierno. Y no podía ser menos que un día triste, porque el invierno siempre sabe a tristeza, y a mí la tristeza siempre me hizo sentir frío.

Llegué corriendo al departamento de orientación de mi instituto a la vez que lloraba. Estaba tan asustada que me había parecido ser perseguida por el monstruo que cada noche se escondía bajo mi cama para aparecer cuando mi miedo se podía oler a kilómetros. Es cierto, estaba siendo perseguida, pero no por él. Me perseguía el grupo líder de tercer curso. Mi miedo interior estaba consiguiendo que la vida me comiese antes de comérmela yo a ella, ellos eran un año mayor que yo y tenían pinta de matones. Además, ellos eran cinco y yo era tan solo una. ¿Cómo iba a ganarles si era totalmente imposible?

Abrí la puerta del departamento en el que tendría lugar mi primer encuentro con Bruno, y por primera vez en mi vida, me sentí segura.

Cuando comencé a hablar dejé de ser la Noa que tartamudeaba a causa del shock que le había causado la separación de sus padres tras dos años de tiroteo y la que escuchaba cientos de insultos hacia su persona día tras día desde hacía meses para ser alguien que estaba sentada en una fría silla un triste día de invierno, alguien que lloraba porque estaba casi rozando su alma para conseguir desnudarla y que así alguien como Bruno pudiese entender que si me sentaba en esa silla no era por diversión sino porque dos años de tiroteo había sido demasiado tiempo para mantenerme en silencio y tener el alma escondida en una coraza.

Conseguí sentirme grande por una vez en mi vida durante la primera sesión de todas las muchas de la terapia. Esas dos horas en el departamento de orientación fueron duras para los dos. Para él, porque no había sido consciente durante todo este tiempo de todo lo que me estaba ocurriendo entre las paredes del instituto; y para mí, porque no es tan fácil sacar la bala que llevas dos años teniendo dentro y mucho menos narrar paso por paso la fracasada partida de mis padres. Era como si estuviese jugando a la PlayStation, hubiese perdido el partido contra el FC Barcelona y le tuviese que contar a mi amigo, que de toda la vida ha sido culé, cómo un merengue se había dejado ganar de esa manera. Parece fácil contarlo, pero ves ese brillo en los ojos de tu amigo y ves su rostro que por un momento no se cree del todo lo que le estás contando y justo cuando comienza a ver tus lágrimas llenas de verdad empieza a abrazarte para que intentes confundir lo virtual con lo real y no seas consciente de que la separación de tus padres ha dolido más que cualquier derrota.

Según Bruno, las sesiones iban a ser muy duras porque nos estábamos preparando para vestir de gala nuestros sentimientos. Nunca se lo dije, pero sabía que él no lo había estado pasando bien anteriormente y que por eso me cuidaba como el padre que dejé de tener porque prefirió huir a otra ciudad sin decir nada antes que afrontar que había quedado en empate al finalizar la partida con mi madre y que después de tanto tiroteo tocaba hacerse cargo de su hija los meses que el juez ordenaba.

Bruno decidió que antes de hacer que esos matones abandonaran el instituto, debía de saber toda la verdad que yo escondía dentro de mí. Él sabía que me costaba muchísimo contar la verdad, pero también sabía que contándola dejaría de tartamudear puesto que lograría narrar todas las batallas que había perdido años atrás y asumir, de una vez, mi miedo.

No podía perder clases ya que había perdido muchas cuando entré en depresión al perder la última batalla. Así que, decidió trasladar el departamento de orientación a su casa. Nos veíamos todas las tardes de lunes a viernes. Matábamos rosales en primavera, nos abrazábamos cuando el silencio nos mataba y llorábamos cuando le pedíamos vidas a la vida y ella nos contestaba cruelmente que no era Facebook y que para comenzar una nueva partida debíamos perder la anterior.

Así estuvimos dos años, reuniéndonos todas las tardes lectivas e incluso también algunas tardes festivas, hasta que ambas almas se desnudaron por completo y decidimos en mutuo acuerdo que seguir desnudando nuestras almas cuando ya las estábamos rozando del todo era rompernos en pedacitos. Y se acabó todo, dejamos de ser Bruno y Noa para ser nuevamente orientador y estudiante. Y no me dolió porque sabía que ganar la batalla a aquellos matones había sido cosa de dos y que si alguna vez algún matón me volvía a perseguir o alguien volvía a pegarme un tiro y a dejar la bala dentro, él estaría ahí para mí.

De nuevo me encuentro en esta fría silla. Fuera el sol abriga con una fuerza incontrolable pero aquí dentro el miedo se cuela por la ventana que alguien olvidaría cerrar ayer.

Así es como empecé a contaros mi historia y este es el punto al que quería llegar. Hace meses que se acabaron las terapias, ahora soy Noa, estudiante de primero de Bachillerato (dejé de tartamudear y, además, ya no me persiguen matones de tercer curso). Quizá tengo miedo al miedo y he perdido la costumbre a hablar de mis propios sentimientos, pero mis calificaciones son excelentes y eso quiere decir que podré estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Comunidad de Madrid. ¿Para qué querría Bruno volver a hablar de sentimientos conmigo entonces?

Ambos estábamos heridos en nuestras frías sillas, porque el frío hiere cuando está envuelto en miedo y sus palabras estaban repletas de una ración de miedo y frío.

Alguien una vez me contó que las vidas de las personas quedaban retratadas en un par de canciones, que aquellas canciones que narraban nuestras vidas estaban escondidas en un camino lleno de rosales con espinas, pero que siempre acabábamos por encontrarlas y llorábamos al recordar lo que fuimos, lo que somos y lo que ya no seremos.

Bruno en ese instante me dijo que nuestra historia la había escrito Andrés Suárez antes de que nos hubiésemos dado cuenta y que le había puesto de nombre ‘Rosa y Manuel’. Todas sus palabras sonaban a despedida y olían a un triste paseo una madrugada en mitad del invierno en una escondida playa. Y yo no podía ni quería aceptarlo.

Y nada duele más que irte cuando no te quieres ir, nada duele más que cuando aparece una enfermedad para llevarte poco a poco a un lugar al que no quieres que nadie te lleve. A esa enfermedad la llaman Alzheimer y por ella fue por la que Bruno quiso que fuese a esa habitación que tenía una ventana abierta porque alguien olvidó cerrarla el día anterior. Bruno no quería volver a hablar de sentimientos, pero una cosa es querer y otra necesitar. Así que, mandó al carajo nuestro mutuo acuerdo y me volvió a llamar.

Éramos Rosa y Manuel, porque así fue como Andrés Suárez nos había vuelto a bautizar y así fue como quisimos llamarnos hasta el último día.

Manuel cada tarde descosía su alma para volverla a coser cuando creía que los pespuntes no eran demasiado fiables, lloraba en silencio cuando Rosa reía a carcajadas por miedo a que mañana no se acordara de su preciosa sonrisa, se escondía del monstruo que vivía en el armario cuyo nombre era Soledad, hacía música sin partitura porque aún se acordaba de cada una de las notas de sus canciones favoritas (y esperaba que las notas y Rosa fuesen siempre su último recuerdo) y creaba sensaciones mágicas a Rosa e intentaba hacerla volar con los pies en el suelo.

Por otra parte, cada tarde Rosa encontraba una nueva pieza escondida en el alma que Manuel descosía y así completaba el puzle de sus vidas, miraba al cielo para que quién estuviese allí arriba nunca se llevase consigo la memoria de Manuel, cantaba cada una de las canciones que Manuel tocaba de memoria, cambiaba las tardes de estudiar en la biblioteca por estudiar a su lado y volaba con los pies en el suelo cuando Manuel creaba sensaciones mágicas.

Todo esto duró lo que Rosa y Manuel quisieron que durara, duró hasta que la memoria de Manuel decidió volar a un lugar en el que nunca nadie quiso decirle a Rosa en qué dirección se encontraba y a ella no le quedó otra que aceptar.

Unos le llaman Alzheimer. Yo, yo solo puedo decir… ‘Recuerda, tú que puedes’.

Por: Laura Gómez Lomeña (España)

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