Verbos

Esta noche, se cuales son los verbos que nos conjugan, pero también cuáles no. Sé que existen millones de espaldas para besar y otro millón de ventanas donde podrías posar tu amanecer y aun así me gusta preguntarme que te une a mí, si es el destino de las cosas o la elección especial de algún dios caprichoso.

Cuando llegaste por  primera vez, leía poemas de un libro mojado. La lluvia entonaba la melodía de la noche en las ventanas y yo daba vueltas en el sillón. Los poemas que leía me hablaban de amor, de cielos, de sexos y de rincones. Yo imaginaba esos mundos con los ojos cerrados y me veía ahí, siendo la mujer que inspiraba las ausencias de Neruda, el cuerpo desnudo que besaba Cortázar y el fuego de Galeano. Y allí, yo tan perdida y sin escuchar ni ver más que mis propios desvaríos, no noté que habías aparecido.

Cuando te ví, no me sentí sorprendida, tampoco asustada. Te creí producto de mi propia locura, de la lluvia y del humo del café. Quizás estabas hecho de todo eso o quizás no fuiste nada. Nunca tuve miedo de saber que no existías, que no tenias cuerpo, que no podía verte, pero podía conjugarte y eso hacía que fueras, quizás no carne, pero si esencia.

Pensé entonces, en todas esas bocas urgentes que había por el mundo. En todas esas piernas largas donde podías enredarte todas las noches y esas poesías extensas que millones de mujeres, con el alma tan despeinada como yo, podían dedicarte. Sonreí entonces, al saber que me habías elegido a mí entre tantas personas del enorme mundo.

Y confieso, que aunque no puedo ver tu cuerpo, no fue decepción ninguna para mí. Me había acostumbrado a la falta de tus manos, de tus piernas y tu cuello, pero conocía tu alma y durante millones de noches tus besos me refrescaron el pecho, las mejillas y los sueños.  Me elegiste sin conjugarme y fuimos, no podes negarlo, mucho arte en esta casa, en esta cama. Jamás trate de darte un cuerpo, aceptaba que podías serlo todo y rechazaba atar lo que eras a un envase de hombre. Te imaginaba cielo, libro, azúcar o seda y cada aparecías sin falta, para entonces, sacarme la conjugación a mí. Olvidaba, durante esas noches, las largas clases de primaria en las que me enseñaban que era primero yo, que después venía un tu e inmediatamente atrás, un el.

Yo era y no me importaba que hasta que te ibas, y tenía que ser mujer o nada, poner la corbata y presentarme a la oficina en un cuerpo tangible y real.  De día, hacia las mismas cosas que millones en la ciudad y repetía como un loro “si señor” y a veces susurraba “tiene razón”, bajando los ojos porque sabía de sobra, que cuando llegaba la noche podía ser mi realidad, y cuando la noche caía, el tren atropellaba las estrellas y la oficina me escupía a mi verdadera naturaleza.

Cuando te fuiste, pensé que era de aquellos caprichos tuyos, que volverías a meterte por la ventana por la que te ibas todas las mañanas cuando yo me vestía. Te espere, juro que lo hice. Con recelo sobre tu llegada, a veces altiva, me sentaba sobre los relojes para sentir como el tic tac de las agujas se tatuaba como un mantra en mi piel.

Te esperé desnuda, con el vientre lleno de sueños y las lagrimas largas, tan largas como el dolor de la espera. Te esperé dormida, perdida en sueño donde en cual te esperaba y cuando desperté, la lengua me ardía de palabras, de gemidos lejanos y de ciudades naranjas. Quemé todas mis quimeras con café, salí, y nadie jamás supo que te esperaba, a vos, que nunca tuviste cuerpo y aun así te acepte. A vos, que fuiste mi alma, y también la tuya.

Nadie jamás preguntó el motivo de mis ojeras, de mis manos intranquilas, de mis cafés cada día más largos y el deseo crecía cada día con la espera, como una niebla silenciosa que se extendía bajo mis pies y me besaba la espalda. Los hombres de la oficina se interesaron alguna vez en mí, me querían de Frida, para pintarme desnuda. Me querían salvaje, básica y aun así, nunca pude elegir a ninguno de ellos. Intentaba, sin éxito, pero descubrí que todos ellos eran iguales, fáciles de conjugar.

El tiempo pasó y jamás llegaste. Una noche, como tantas otras, el cuerpo renuncio a tantas noches de desvelo y ansiedad y por fin, me rendí. Tuve que acostarme a curar varias heridas, la de los relojes, las ojeras, los cafés y toda la tinta que había desperdiciado en lágrimas y poesías dedicadas a tu nombre, aquel que no tenías y te inventaba cada noche.

Y sucedió por fin, una noche, el sentir de otra presencia en la casa. Era la soledad, que llegaba para regalarme un alivio y para ponerle un nombre a todas esas hojas de letras incoherentes que seguía dedicándote. Recorrió las paredes, la humedad y los suelos. Se sentó en la cocina y se arrodillo a los pies de mi cama. Había llegado a brindar todo el calor que faltaba en las sabanas y en los brazos. Yo nunca pregunte, nunca dude y sobre todo, nunca volví a intentar conjugar el mundo que me rodeaba. Aceptaba las cosas y dejaba que me desbordaran. Con la cautela de quien conoce tus labios y el frenesí de  un amante, la soledad me abordó y me hizo el amor tan dulcemente  que allí y solo allí, detenida en ese momento del espacio en la historia, olvidé que a ti, alma mía, mi esencia, mi hombre invisible, olvide que tu alma nunca pudo conjugarse  y me entregue alegre y con placer a la soledad y a la noche.

Por: Micol Ariana (Argentina)

instagram.com/micolariana


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Edda Diaz dice:

    Muy buen texto poetico

    Le gusta a 1 persona

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