
Somos el tormento de no ser queridos,
el de sentirnos fuera de lugar; sin espacio, sin hueco.
La tristeza encarnada ante las decepciones,
caídas sin red donde recogernos.
El miedo a perder
a quienes queremos, o nos quiere.
El frío al no tener con qu(ién)é taparnos,
el sentimiento de falta, soledad en compañía.
La memoria de todos esos recuerdos,
el olvido del rencor y los llantos.
El ‘lo siento’ de corazón
y las sonrisas fingidas.
El compendio de los sentimientos enlatados
y los ‘estoy contigo’ que no esputamos.
También los ‘te quiero’.
Esos brazos que nos resguardan y mantienen a salvo,
sin lluvia, sin frío, sin miedo.
Vida repleta de fantasía inculcada
para ahuyentarnos esta realidad.
Precipicio donde repetimos la caída.
Los brazos de quienes nos recogen y ayudan a hilar.
Hilo que ocasión tras oportunidad nos conduce,
hacia las personas que están, y las que ya no.
Las que arrancaron el candado sin buscar la llave,
y las que la tiraron pero recuperaron,
esas mismas que luego consiguieron abrir el candado.
Somos las personas que nos odian
y las que nos admiten,
quieren,
cuidan,
apartan del frío
amanecer de un mundo caótico.
Somos lo que recordamos y lo que no;
lo que nos robaron y lo que nos queda por proteger.
Somos, en realidad, toda la poesía que nos refleja
y toda aquella que,
sin ser nuestra,
nos cede sus alas
y nos hace sentir li(e)bres.




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