
Cuando hablamos del poder de la mente, jamás somos conscientes de lo que simboliza un sueño. La sucesión de fotogramas que nuestro propio inconsciente genera partiendo de la nada, o quizás no tanto de la nada y sí desde un todo. Es decir, ¿de verdad los sueños son meros deseos? O, en cambio, ¿son la interpretaciones propias de la realidad? Seguramente una mezcla de los dos.
Nunca fui partidario de empaparme sobre teoría psicológica, a pesar de querer estudiar psicología, pero lo cierto es que Freud, abrió nuevos horizontes en mí – exceptuando su visión misógina de la sociedad y evolución –. Eso de pensar que realmente sin los sueños todos seríamos bestias que siguen sus más profundos instintos sin una pizca de racionalidad, me fascinó. Bueno, tal vez no fuese tan bestia, pero interpretarlo así me gustó.
De modo que, los sueños son incluso más necesarios que nuestra realidad, pero se ven irremediablemente pendidos de un hilo que es lo que a nuestro alrededor sucede, lo que suscita en nuestra mente una serie de ideas y sentimientos imposibles de contener. Nuestros comportamientos despiertos son la presentación en vida de toda la fantasía – o no tanta – de nuestra imaginación hecha sueño. Pero Freud ya lo afirmó, necesitamos de los sueños para mantenernos despiertos, cuerdos.
Quizás este fuese el problema. Quince semanas sin dormir y ni siquiera un ansiolítico para manejar las taquicardias que, ya con la falta de todo, hacia resonar mi organismo. Cuestión de sangre fría, argumenta esta señora vestida fúnebremente y con la manía de anotar todo lo que digo. Tal diagnóstico no es digno de una especialista. Aunque, claro, ¿especialista para bien? Quizás los psicólogos sólo sean la voz en off de nuestras mentes, la parte objetiva, la que nos arrastra al suburbio aburrido de la cordura. Fuera lo que fuese, esta mujer parece conocer muy detalladamente qué es lo que ocurrió. Que hable ella en mi lugar.
Pero se empeña. Me incita a hablar, a contarle qué pasó el dos de septiembre – hace dos semanas justamente –. Supongo que su mente sólo alberga un quid para todas mis cuestiones: “¿qué le pasaría por la mente para tal matanza?”
Le contestaría, pero quizás resulte más macabro de lo que realmente fue. ¿Cómo le explico a ésta psicóloga especializada en mentes, pero completamente cuerda, que sólo llevaba quince semanas sin soñar? ¿Cómo le explico la importancia de los sueños? ¿Cómo le digo que mis visiones eran ciertas para un loco que sólo ansiaba una almohada?
Quizás no seamos tanto, aunque existamos. Y quizás no seamos nada mientras no durmamos.



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