Síndrome de Estocolmo

Adiós y buena suerte.

Espero no volver a verte.

Hoy te dejo abandonado en medio del pantano de tus monstruos infernales.

Te suelto la mano y te empujo en picado.

Y te cuento un secreto antes de partir por el sendero que se abre a mi izquierda.

Es que tú no lo sabes, pero «vas a morir».

Te vas a caer por tu abismo.

Por el mismo que pusiste en mis pasos.

Te vas a ahogar en tu charco de lloros.

Y la sangre, en reguero, tintará de púrpura tus párpados como si fuesen un par de puñales después de un tormento.

Te dejo en el fondo de un armario candado.

Y ojalá nunca encuentres la llave que te abra el portón y te libere cual sucio cautivo.

Ya no te quiero, perdóname si acaso sabes qué es eso.

No te necesito.

Y lo peor de todo es que nunca te quise.

Ni te necesité.

Te colaste en mi vida como un terrorista.

Y explotaste de golpe el arsenal del dolor.

No fuiste piadoso conmigo.

Me heriste y me hiciste sufrir.

Me pegaste en la cara por placer.

Sin cuartel.

No escuchaste mis ruegos.

No enjugaste mis sueros.

Acechando a diario entre mis sentimientos.

Acosador de mi mente.

Robaste el rubor de mi boca.

Me dejaste presa, antes que sentenciada, en tu montaña de rocas y sombras.

Y entre el sufrir y el dolor de mi devenir, me perdí en la espiral de mi pálida celda.

Y creí que te necesitaba.

Que eras inevitable.

Que formabas parte del juego.

Y olvidé los deseos del amor y lo humano.

Volví la espalda a mi ego.

Sentí placer al quemarme en tu fuego.

Y fijé mis pupilas en ti, secuestrador camuflado.

Cómplice de la situación, recortando mis mejores años.

Te cogí cariño como hacen los niños en desamparo.

Y me convertí en la viva imagen de un «Síndrome de Estocolmo».

Pero hoy te dejo y te alejo de aquí, de mi lado, y de todo lo que fue mi pasado.

Y alego para ello que ya he abierto los ojos.

Y si bien nunca recuperaré mis amalayas perdidas, ni sanará del todo el dolor de tus daños, con orgullo pronuncio el «adiós» que encabeza estos versos.

Para que jamás olvides que aquí no se encuentra tu sitio.

Y el día que vuelvas tengas en cuenta que la que hoy escribe se ha hecho más fuerte.

Y que para ti, que no eres hombre, mujer ni animal.

Que sólo eres el demonio de mis inquietudes internas.

De mis temores y angustias.

Yo ya no existo.

Y siempre resisto.

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Por: María Eugenia Hernández Grande (España)

maruspleen.wordpress.com


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ¿Entendiste? ¡Que te mueras de una maldita vez!

    Le gusta a 1 persona

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