La redacción de Don Adolfo

Hubo un tiempo, en que escribir historias era divertido sólo por el hecho de escribirlas. En que nada buscábamos, salvo la satisfacción personal de escribir por escribir. Pero las cosas cambian y nosotros también y a veces esperamos, casi sin querer, algo que nunca llega. Porque los sueños, con los años, pueden parecer losas que cada vez pesan más sobre nosotros, pensando en cuanto tiempo pasó ya desde la primera vez que soñamos y ahí siguen.

Y nosotros también seguimos, seguimos sin más porque sí, porque ya no sabemos a ciencia cierta si seguimos por lo que tenemos, por lo que fuimos, o por lo que esperamos. Lo importante, al fin y al cabo, es que seguimos, alzando nuestra pluma cada día por si caso, en una de estas, damos un tiro acertado y el sueño deja de ser esa carga pesada que toma forma, al fin, en una realidad que de placer nos adormece. Y dejamos de ser nombres a la sombra en busca de la luz que nos haga visible…

De ese tiempo que hubo me quedan todavía muchas cosas y, a veces, las releo y releo y pienso que no debí guardarlas tanto tiempo. Y entonces, se me antoja darles una segunda oportunidad y pienso, ¿por qué no? todo el mundo la merece. Por eso hoy quiero compartir con vosotros este relato de aquel tiempo en que soñar era más fácil pese a que, como le ocurre a nuestro protagonista, no todo el mundo creyese y valorase tus habilidades. Espero que os guste 🙂

“Estaba sentado consigo mismo en aquella habitación que se le antojaba aquella tarde tan extraña. Y lo era, realmente lo era. Observaba cada detalle como el que observa de repente, o se para a observar de una vez, todo lo que allí había. Recuerdos del pasado y del presente mezclados al azar, como cuando mezclas rotuladores y lápices en la misma caja pese a que sabes que a cada uno le corresponde una caja diferente. Sus pasiones, sus fotografías, aquello que había comprado específicamente para aquella habitación, lo de siempre, lo de ahora…todo estaba allí, sin control alguno, en una convivencia casi imposible. Así estaban también sus ideas. ¿Qué vino a buscar? ¿Qué había encontrado? ¿Qué quedaba por descubrir? ¿Qué había que dejar dentro y qué había que sacar ya de aquella habitación? Faltaba mucho para que estuviese completa pero también sobraba demasiado. ¿Cómo hacer para encontrar el orden?

Y entonces, se sintió extraño, como un pez al que acaban de cambiar de pecera, pero que sigue encerrado igualmente. Para colmo, fuera de su mundo, de su habitación, el viento soplaba tan fuerte que el polvo y las hojas secas del otoño le impedían ver con claridad. Mientras el sueño se apoderaba de sus ojos pensó que mañana fotografiaría aquella habitación, porque supo cuánto habría cambiado todo cuando el calor, de nuevo, se apoderara de las calles. Tuvo miedo, pero le apasionaba la idea de saber que iba a poder seguir adelante, que acabaría adaptándose a aquella nueva habitación y sabría cómo reformarla. Preócupate de no preocuparte….o algo así había escuchado en un anuncio…era una buena idea…pero sabía…

Don Adolfo no siguió leyendo y, levantando la vista del papel, preguntó:

-Pero bueno Juanito, ¿qué chaladura es esta? He pedido una redacción para que vosotros mismo dijeseis como estabais, el objetivo era aprender a expresar sentimientos. ¿De dónde has sacado esto?

-Profesor, lo he escrito yo. Porque el mayor poder de la escritura, y el mayor placer para quien la practica, es escribir para sí mismo y sobre sí mismo haciendo creer a todos que has inventado un personaje.

Adolfo se rio entonces a carcajadas:

-Y ¿esa teoría? ¿de dónde la has sacado?

Juanito se paró a pensar un momento y, viendo que jamás conseguiría hacer cambiar de opinión a su maestro, finalmente añadió:

-La leí ayer casualmente en un libro.

-¿Lo ves? Ya decía yo….Pues está usted suspenso, mañana me traes algo que tú mismo hayas escrito y de paso me traes también la definición de plagio, que veo que es lo que has hecho con tu redacción.

Juanito afirmó sin protestar pero antes de cerrar la puerta añadió algo más:

-¿Y sabe usted otra cosa? A los tontos y a los necios hay que darles siempre la razón, total, nunca van a creerte, ¿para qué gastar esfuerzos en ellos? Buenas tardes señor Adolfo.”

Por: Lidia Villalobos (España)

laciudaddelasnubes.com


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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. “A palabras necias, oídos sordos”, que le dicen…

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    1. Básicamente es lo que he querido mostrar…que ante personas que no entran en razón y a las que podrás repetir lo mismo mil veces que no te creerán (o no se enterarán jaja), lo mejor es ni siquiera perder el tiempo con ellos, o darle la razón como los locos, como también suele decirse….jeje

      Saludos!!

      Le gusta a 1 persona

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