Amor Cuentos Escritores de Letras & Poesía Micol Ariana (Argentina) Tristeza

Camisón de mariposas

La espalda de Ignacio, los huesos, que ella había imaginado siempre blancos, resaltaban silenciosos, los hombros amplios, valientes, la piel del color del trigo y la luz del velador, acariciándolo todo levemente, los lunares, la ropa sobre la silla y otra vez, los lunares. Paula se acomodó en el lugar y se abrazó a su espalda, escuchando la respirando del otro lado y memorizando por inercia la escena, la espalda haciendo presión sobre las manos cruzadas, el leve calor en el cuello y después, volver a caer dormida.
Cuando despertó Ignacio no estaba en la cama, “Ha de estar afuera” pensó Paula desenredándose de las sábanas con lentitud. Todavía no había amanecido y Paula sintió de pronto esa sensación de piezas cayendo en el tablero y el terror que precede al silencio, a la caída, a la oscuridad imposible, la mirada fija en esas sábanas que sintió que no eran suyas, la mesa de luz color rosa pastel y la cama enorme, extrañamente enorme para esos pies, las manos infantiles palpando las mejillas, los senos apenas visibles sobre el camisón de mariposas que le había regalado su abuela y que ahora se reflejaba en el espejo.
Paula no gritó. Sentada sobre la cama de barrotes blancos, observó la imágen que le devolvía el espejo y entonces sólo pudo pensar. Ya había amanecido cuando pensaba en sus compañeras de trabajo, en la Normal número uno donde estudiaba todos los días y por fin en Ignacio, en como le explicaría despertar así, con una niñez inesperada y sin el anillo, sin los senos, sin las caderas, sin la mujer de anoche, si es que anoche había sido ayer o acaso habían pasado cien años entre esto y lo otro. “Si es que existe un otro” pensó.
Las lágrimas cayeron en la alfombra donde el labrador se acostaba con ella todas las tardes a mirar los dibujos animados. Paula llora, llora porque no entiende, porque no sabe, como cuando era chica o incluso como ahora, que se siente atrapada en el tiempo y aún así no puede dejar de pensar en Ignacio, en la espalda de Ignacio, (los ojos le pesan), su respiración del otro lado, (el cuerpo se aliviana), los huesos blancos, (el cansancio)…

Primero un destello, una chispa en la oscuridad seguida de otra y otra, un baile de puntitos ocres desfilándole por la cabeza hasta llegar a la punta de los dedos. En la habitación 103 del Hospital Argentino, Marcela D’ Amico se despierta lentamente, seducida por el baile de las luces ocres que todavía juegan en su cabeza y la anestesia, que se diluye de su cuerpo y ahora la escupe a la realidad. Después del parto había soñado con ella, tan pronto de haberla conocido y ahí estaba, en su inconsciente, apareciendo como una mujer, tan bella y tan fugaz.
Un sueño extraño y al despertar, Marcela buscó con la mirada hasta encontrar la cuna y el ínfimo camisón de mariposas, Paula D’ Amico dormía con la paz de los recién nacidos, solamente el ceño fruncido y las manitas apretadas, casi balbuceando. “Ha de estar soñando” pensó Marcela.

En el piso de arriba de la habitación 103 del Hospital Argentino, la señora Amuschattegui apretaba los dientes mientras se aferraba a las manos de las enfermeras que le decían con voz dulce que pujara más fuerte, que un poco más y ya todo estaría. Las luces ocres, el sudor, las manos de las enfermeras, el camisón azul y después el llanto, rompiendo entre las paredes de la sala de parto.
La madre miró con dolor aquella criatura que era su hijo y chillaba. Ignacio Amuschattegui acababa de nacer y tenía el ceño fruncido, los labios cálidos y apretados, como si antes de venir al mundo y aún ahora mismo, hubiera estado soñando.

Por: Micol Ariana (Argentina)

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