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Adopción

Hoy ha sido un día extraño. De hecho, no sé muy bien dónde me encuentro en este momento, lo único que sé es que estoy muy a gusto y calentita, cosa de agradecer teniendo en cuenta que llevo días pasando mucho frío.

Hoy ha sido un día extraño. De hecho, no sé muy bien dónde me encuentro en este momento, lo único que sé es que estoy muy a gusto y calentita, cosa de agradecer teniendo en cuenta que llevo días pasando mucho frío.

Esta mañana, mientras amanecía, estaba en el monte intentando buscar algo para comer. Como es habitual, no encontré mucho con lo que llenar mi estómago. La verdad es que soy un poco torpe porque, cuando nací, mi madre estaba muy malita y nos dejó a mis hermanos y a mí solos, así que no pudo enseñarme a cazar. Normalmente tengo mucha hambre, pero hoy me sentía más débil de lo normal. Cuando, finalmente, hallé un lugar donde podía resguardarme en una zona residencial cercana, me tumbé a descansar. Me dolía mucho la barriga y tenía mucha sed. No pude evitar llorar un poquito.

Estaba intentando conciliar el sueño cuando, de pronto, escuché un ruido en un portal cercano. De él salió una niña que llevaba en sus manos un pequeño plato con comida. Pollo asado. No sabía qué hacer, estaba algo insegura, pero mi tripa tronaba como si nunca la hubiera saciado. Empecé a salivar y me aproximé a ella lentamente. El hambre me podía más que el miedo y, en un instante, ataqué aquel maravilloso guiso que me devolvía poco a poco las fuerzas.

—¡Está comiendo! —gritó la pequeña.

Una mujer se asomó por una ventana.

—Ten cuidado, cariño, puede arañarte.
—¡Es muy pequeño, mamá! ¿Puedo subirlo? Parece que tiene frío.
—Bueno, pero cuando coma un poco más se va, ¿eh? Con un gato en casa ya tengo bastante.

La niña me cogió entre sus brazos y entró en casa. Me ofreció más comida, pero, para entonces, yo ya sólo quería descansar. Entonces descubrí un lugar fantástico encima de una alfombra, delante de la chimenea; no podía ser más caliente y acogedor. Me enrosqué y dormí como hacía tiempo que no lo conseguía. Era duro tener que estar siempre alerta, sin embargo, no creía que aquel sitio fuera peligroso.

Ahora, de fondo, escucho a la niña hablar con su madre sobre mí. No parece que tengan muchas ganas de echarme a la calle, además creo que ya me han puesto nombre. No me importa, podría acostumbrarme a vivir aquí. Quizá se dejen adoptar.

Por: Buscando a Casiopea (España)

buscandoacasiopea.com


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