La bestia

El hombre estaba firmemente erguido, con las piernas abiertas en compas y los pies férreamente anclados al suelo, como si hubiese echado raíces, al igual que la espesura de árboles que lo rodeaba. El sudor del torso desnudo brillaba a la escasa  luz que traspasaba la abundante frondosidad de las hojas de los árboles. De su mano derecha colgaba un hacha de proporciones gigantescas, de cuya afilada hoja se descolgaban gotas de sangre del magnífico ejemplar que había estado talando. Frente a él, la fiera, el lomo erizado y encorvado, lo miraba con fijeza extrema. Las pupilas dilatadas clavadas en las dilatadas pupilas del leñador. Semejaban dos figuras inmortalizadas en un cuadro: la fiereza de la bestia, la sangre hirviendo en el interior de las venas; la frialdad del hombre, la sangre helada, la mirada quieta, la herramienta, una extensión de su brazo perfectamente sujeta, la musculatura tersa.

El animal alzó el labio superior, rosado y carnoso, mostrando una afilada hilera de afilados colmillos. El hombre apretó tensamente con la mano la empuñadura del hacha, y una serpiente bailó a lo largo de su brazo, dilatando y engrosando sus venas. De un lugar ignoto, la fiera extrajo un gruñido que se expandió en el amplio espacio del bosque. El leñador continuó depositando una mirada pétrea sobre los ojos inmóviles de la bestia.

Un rayo de sol que pudo atravesar la celosía de hojas, golpeó en el plateado y bruñido filo del hacha como el flash de una cámara fotográfica, golpeando en los ojos de la fiera hierática.

De súbito la fiera relajó el lomo, cerró el labio superior de la boca que, como si hubiese caído una persiana, impidió que se viera la estructura perfecta de dientes afilados y amenazantes. Luego giró sobre sus patas y se marchó. No sin antes volver un instante la cabeza para proseguir su camino de retirada.

Una voz aflautada, tras el vigoroso cuerpo del hombre dijo:

— ¿Papá, no has tenido miedo?

— No, hijo –respondió él, con voz grave y serena– sólo hay un animal que me da miedo.

— ¿Cuál, papá? –volvió a interrogar, la voz dulce de la criatura.

— ¡El hombre, hijo, el hombre!

Por: Víctor Chamizo Sánchez (España)

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. lolasnchez dice:

    Muy bueno Víctor. Me ha gustado mucho. Saludos.

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  2. ¡Excelente! Y muy bien detallado

    Le gusta a 1 persona

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