Gute Nacht

Todavía no se había hecho de noche, se estaba acabando el día, la tarde estaba despidiéndose.

Ella estaba aquí.

Él miró al cielo y lentamente iba descendiendo su mirada para perderse entre todos los colores que se entremezclan en el horizonte a esa hora del día en esa época del año… en esa latitud del globo. Vio la primera estrella (dicen que es Venus), y cuando su mirada se posó de nuevo sobre lo que tocaba andar, se abrió una lata de cerveza.

Ella no se enteró de nada.

Él subió las escaleras de un edificio que conocía de algo, pero le desconcertaba la hora del día (estaba subiendo las escaleras de su propia casa, pero estaba completamente ido). Había un toque de rutina en todo esto…

Ella no hizo ni un ruido.

Él se sentó triunfante en el balcón de su casa después de haberse lavado las manos (quería tenerlas limpias, aunque solo fuera eso), se encendió un cigarro y observó durante unos momentos cómo una luna creciente en un cielo despejado iba regando la entrada de la noche con su brillo neutral y sin prejuicios. Se oían unas sirenas de lejos… él nunca supo distinguir entre los bomberos, la ambulancia o la policía… Sonrió, sabía quién venía.

Ella no decía nada.

Él vio cómo cinco coches patrulla con luces y sirenas entraron por su calle, se le pusieron los pelos de punta, empezó a sudar, pero estaba lleno de determinación… solo era miedo escénico, se pasaría enseguida. Estaba deseando que se acabara todo esto, y la de hoy era una noche perfecta. No había viento y estaba empezando el verano…

A ella le gustaban las noches así.

Él los dejó llegar, el ruido de las sirenas retumbaba en sus tímpanos a cámara lenta, sin embargo no tardaron nada en estar debajo de su casa. Se levantó para ver cómo aparcaban de cualquier manera esos cinco coches patrulla y cómo de cuatro de ellos salían varios policías corriendo para entrar en el edificio (los vecinos no daban crédito)… Desenfundó su arma y disparó al parabrisas del vehículo que quedaba ocupado y vio con regocijo la sangre empapar el cristal después de haberlo atravesado varias de sus balas… Se sentó de nuevo para escuchar los gritos y esperar a que golpearan su puerta.

Ella seguía sin decir nada.

Él escuchó cómo las bisagras de su puerta caían al suelo, se puso la pistola debajo de la barbilla y si le hubiese dado tiempo de apretar el gatillo dos veces, lo habría hecho, pero antes de que la primera bala impactara contra el techo con la mitad de su masa encefálica ya se le habían apagado las luces… Llegaron tarde, de todas formas no les habría dado tiempo de salvar nada. Le miraron, les inundó la rabia de no haberlo podido matar ellos mismos (es lo que él quería)…

Ella ni se inmutó.

Cuando la encontraron la sacaron de ahí.

Primero la cabeza…

Después el resto.


Por: Maximilian (Austria)

hazmepoeta.com


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