Cuentos/Relatos Dionisos y Apolo (España) Escritores de Letras & Poesía

Cicatriz

Ya tocaba la escabechina de libros. La había ido postergando, le daba lástima, pero necesitaba liberar espacio. Soltar lastre. Nada fácil, eran años de recuerdos. 

Había muchos. Cada balda de las estanterías estaba ocupada por dos filas de libros. En las filas del fondo estaban los más antiguos o que le parecían menos interesantes. A los condenados a esta posición en las baldas superiores hacía siglos que no los había visto. 

Subida en la escalera, miraba una de esas hileras y lo reconoció. Lomo finito y claro, deteriorado, en rústica. 

Se quedó un momento quieta, como pasmada. Alargó la mano insegura para extraerlo.

El Crepusculario, de Neruda.

Antes de abrirlo, ya sabí­a lo que iba a encontrar dentro.

Una hoja doblada, ya amarillenta, de papel cuadriculado, arrancada de un bloc. Junto a ella, en la misma página, una cuartilla blanca, también doblada.

Bajó de las escaleras, se sentó en el sillón. Miró como la hojas temblaban en su mano. Es ridículo, se dijo, fue hace millones de años. 

Tomó aire antes de abrir la hoja cuadriculada. Al reconocer la letra manuscrita, los ojos se le humedecieron. Comprobó que no había podido olvidar lo que aquella hoja ponía: apenas leyó la primera línea, el resto de las palabras se abalanzaron, sin misericordia, sobre su memoria:

Cuídate de mi amor.
Que en cada tarde nuestra
entierra una palabra en tu alma
y hace nacer en tu hombro
una pequeña amapola.

Cuídate de mis ojos en tus ojos,
de mi voz contra tus labios
y de mi boca jugando
con las rosas morenas de tus pechos.

Cuando mis labios indaguen
los ríos azules de tu cuerpo,
la doble media luna de tu cintura,
el dulce terciopelo velado.

Cuídate de mi amor.
No sea que algún día
sobre tu hombro trigueño
solo florezcan mis palabras sin labios,
lejanas y estériles.

Cuídate de mi amor.
Para que cuando me digas adiós,
tengas la cabeza alta,
los ojos serenos
y la voz clara y firme.

Y supo el porqué de su desgana, de su resistencia inconsciente a mirar en los anaqueles altos. Siempre comentaba a sus amigos: Esos libros de arriba no tienen ningún valor, no me interesan. Me da pereza, pero un día de estos terminaré por darlos o tirarlos.

Vencida la cabeza, los ojos empañados, sintió otra vez el regreso de aquella tristeza lejana, tan suya. Y aunque no era la invasión devastadora que la dejó arrasada e inservible durante años, aquella intensa punzada de nostalgia era suficiente para constatar que jamás superaría los estragos de un recuerdo que nunca se iría totalmente, que siempre llevaría con ella, aunque, por épocas, pareciera dormido, atenuado, vencido.

No abrió la cuartilla blanca. Ya era suficiente. 

Tampoco hacía falta. Sabía que era su mano la que había escrito:

 ¿Cuánta cordura será menester
para devolver a las cosas
su color, su forma, su sentido?

¿Cuánta lluvia deberá caer
para borrar tardes, roces y palabras?

¿Cuántas veces habrá de cambiar
el color del cielo
y el rumbo de las aves
para que una primera mañana
solo seas un recuerdo inerte,
un nombre desnudo y sin rostro?

(Imagen destacada: detalle de Desnudo sentado en un diván, de  Amedeo Modigliani)

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