Renova vida

La tarde llovía en seco: el agua salía a través de los poros del asfalto y se arrojaba en subida libre hacia las temerosas nubes, que se encontraban completamente secas de envidia por no producir ahora la tormenta a que nos tienen acostumbrados.

Mismas nubes que se arremolinaban en todos las gamas de grises conocidos contra el descolorido cielo que miraba igualmente atónito a la lluvia proveniente del asfalto.  Al piso no le está permitido emitir su llanto, y justo por eso era antinatural, era ilógico, era aterrador y era lo que esa misma tarde ocurría.

Los cúmulos, atormentados por el atrevimiento de aquel terreno, aullaban y gemían con gran estruendo; era como si muchos altavoces inexistentes cantaran en las avenidas un himno agudo y melancólico como los emitidos por las ballenas.

Se sentía una temperatura fría, una condición húmeda y un aire triste. ¡Que espectáculo!: Lluvia “cayendo” de abajo hacia arriba.

Quizás la naturaleza se había hartado de que los seres humanos se vanagloriasen de haberla dominado, solo por haberla conocido casi en su totalidad, y por tanto, nos regalaba una sorpresa innovadora, para el deleite de los escépticos y los necios.

O quizás era que el asfalto lloraba debido al maltrato que le profiere diariamente el tráfico incesante de automóviles, de llantas hirvientes, de insensibles conductores que se pasan la vida sobre sus vehículos fríos y toscos, dejando pasar sus vidas al mismo tiempo.

O quizá simplemente, era la apertura de nuevos tiempos y nuevas épocas, nuevos para una nueva lógica humana, nuevos para la búsqueda de especies primas que hagan a nuestro universo más amplio, nuevos para tener un nuevo mundo al que cuidar y entender de otra forma desconocida para nosotros hasta el momento.

En contrapartida al eterno paraíso que siempre ha constituido para la humanidad el cielo, se halla sobria y aburridamente en su concepto, el suelo. El uno es hogar de los sueños y los deseos, de la fantasía y los gigantes, de dragones y caballos alados, de esperanzas y fe. El otro es sinónimo de sentar cabeza, de pensamiento lógico y cabal, estabilidad y civilización.

Y aunque vivimos constantes en el suelo, y aunque las mayores bellezas que recibimos a nuestros sentidos provienen generalmente de él, solo recibe de nosotros frases que no cargan más que sobriedad y aburrimiento: “poner los pies sobre la tierra”, o sea pensar con calma y no deambular por imposibles; “la tierra a la que perteneces”, simplemente el lugar donde has nacido y las costumbres que adquiriste por ello; “la tierra es de quien la trabaja”, el resultado de nuestro esfuerzo es solo nuestro por haberlo trabajado nosotros mismos; etc.

En cambio, al otro (al cielo) se le han consagrado frases a cuales más de poéticas, significativas y esperanzadoras: “estar en las nubes”, o lo que es lo mismo: soñar; “como ave que surca el cielo”: libertad absoluta; o, sin ir más lejos, el hogar de Dios: “el reino de los cielos”.

Y era en aquella parte incomprendida de nuestro mundo, en aquel territorio deseoso de mayor poesía coloquial, que el pánico popular se hacía en grande esa tarde lluviosa en sentido contrario.

Y todo porque el asfalto, harto de los castigos del tráfico diario y reclamando para sí mayor poesía lírica, había decidido llorar, llorar profundamente. Sí, eso era lo que pasaba exactamente, ahora que lo pienso.

Era como volver a la época de las cavernas: los hombres y mujeres teniéndole miedo a una simple y curiosa lluvia diferente, como sucede a diario. Una simple tormenta leve que tan solo empapa, nunca disuelve las ideas; pero es una lástima, la mayoría pareciera creer que sí y apenas huyen cuando la sienten empezar. Si ese alguien (o esos “alguienes”) sintieron en alguna ocasión dicha disolución, puedo asegurarles que no fue por culpa del fenómeno, fue simplemente que desde antes ya las habían perdido.

Mas regresando a la cuestión de nuestra lluvia invertida, de nuestra tormenta de abajo hacia arriba: la gente trataba de cubrir sus pies y tobillos con los recién adquiridos “sacaguas” (inversos exactos a los paraguas, y recién inventados por los oportunistas, que siempre los habrá), otros corrían hacia los bancos de cemento del parque, los de más allá trepaban inquietos sobre los automóviles, otros más simplemente daban volteretas con sus manos contra el suelo como eternos saltimbanquis, tratando de escapar de aquel chubasco inquietante.

La escena loca y la gente igual, me amedrentaban el pensamiento a la par que lo divertían: las nubes en el cielo arremolinándose de coraje contra la tierra audaz mientras que al otro lado del camino, la gente arremolinándose también sobre sus pasos por mismo motivo.

De tal incongruencia era todo que en mi piel brotó la llamada “carne de gallina” en todo su esplendor. Todos mis poros se levantaron. ¿Debido al frío de la tarde? ¿Por el miedo que me causó el extraño suceso? No, simplemente porque querían observar el curioso espectáculo del exterior y para ello debían alzarse de puntillas sobre mi piel. Mis vellos ni se inmutaron. Mis uñas tampoco. Quizás a ellos el agua les importa un comino, pues unas y otros la repelen.

El abrumador espectáculo de la tarde lloviendo en seco provocaba un sin fin de exclamaciones de asombro que eran emitidas por la concurrencia porosa de mi piel. Es obvio y no necesita mención, que en ese instante me encontré a mi mismo, embelesado por los sucesos dermatológicos que se llevaban a cabo. El día, o más exactamente la tarde, perdieron su importancia, y al menos, por lo que a mí respecta, dejó de llover.

Para mis pequeños poros, alzados sobre sus bases, la tarde siguió en copiosa tormenta atacando al cielo desde el suelo.

Y mientras el espectáculo meteorológico continúa, mi audiencia dermatológica lo disfruta a más no poder: algunos orificios beben plácidamente melanina en pequeñas gotas calientes, otros más comentan entre ellos los acontecimientos, pocos abren grandes sus bocas debido al asombro. Ya uno aprovecha para besar a otro. Ya otro más, corre de aquí para allá con la intención de observar mejor la función.

Pero es uno en especial, un pequeñito epidermiano el que llama por completo mi atención: abre la boca tan desmesuradamente para proferir el ¡Aaah! del pasmo consecuente, que parece que se va a voltear de un momento a otro, que le va a quedar el afuera dentro y el adentro fuera, cosa que no pasará si no fuera porque está pegado a mi piel.

Lo observo con singular asombro. Le alcanzo a ver sus pequeños dientes amarillos, las delicadas comisuras de su boca, su intensa expresión en el rostro. Y de pronto, él también me observa.

Es obvio y no necesita mención, que en ese instante me encuentro a mí mismo embelesado con un simple y abierto poro de mi permeable piel. La concurrencia de poros asombrándose ante la tarde seca han perdido su importancia, y al menos, por lo que a mí respecta, han dejado de asombrarse.

Nos miramos embelesados el uno al otro: mi poro y yo, mi epidermiano y yo. Tanto tiempo juntos desde que nacimos, y nunca nos habíamos liado en tan ferviente encuentro amoroso.

Y tanto me ha embelesado desde hace un instante que me atrevo a una aproximación íntima, buscando quizá, por una idea muy profunda que jamás aceptaré haberla tenido, besarle.

Él me mira amoroso al tiempo que amedrentado, y mientras me acerco, abre más y más su boca para mí. Cerca, más cerca… mucho más… y de pronto, estamos unidos en un beso de queratina: eterno, sebáceo, sensitivo, sudorífero. Hermoso.

Segundos largos me pierdo en él y él en mí, aunque somos el mismo: el mismo desconocido para ambos. Un beso que de amoroso para a sensual y poco a poco, se diluye hasta lo prohibido.

Busco ávido algo más de índole sexual para intentar emociones desconocidas pero no lo encuentro (¡es tan solo un poro!) y para ello, decido introducirme lentamente a través de su boca nasal, buscándolo, siempre buscándolo, y con increíble asombro, al momento de introducir mi cabeza en él, encuentro un mundo tangible que me es irreal: me encuentro a mí mismo como nunca me había visto… Esto no es el espejo y sin embargo, ahora me estoy viendo a mí mismo.

Me introduzco por entre sus fauces de epidermiano más y más a cada momento que pasa, y resulta que me conozco menos y menos a cada tramo que palpo.

Con mis manos me abro camino a través de mí para mí, y como en escalada horizontal, me comienzo a arrastrar hacia mi interior, ahora buscando no sé qué cosa, ora fascinado por lo que descubro, ora siguiendo un impulso muy interno que me dicta seguir adelante, redescubrir lo nunca descubierto y conocer por siempre lo desconocido.

Mientras en mi exterior, el poro devorador se alimenta incesante de mí: ya no es amor, ahora es gula, lujuria y, tal vez, esclavitud. Afuera, todo claridad; sin embargo, aquí dentro el camino es intensamente rojo, de un rojo oscuro intimidante como un bosque maldito poblado por fantasmas crueles, o como una inmensa catedral abandonada habitada por los mismos malvados espectros.

Todo se encuentra lleno de secreciones sudorosas y pegajosas. En las enormes cúpulas de aquella catedral humana, se dibujan formas elípticas blancuzcas que pasan lentamente mirando al nuevo viajero, además de las que rápidamente recorren los umbrales más allá, de intenso color rojizo y de audaces movimientos.

Penetro cada vez más, y mi asombro y delicia comienzan, poco a poco (¿o poro a poro debo decir?), a transfigurarse en un temor implacable y desconocido, un temor a lo desconocido que me resulta implacable.

Mi piel, que se va introduciendo más y más en sí misma a cada momento, vuelve a entrar en la danza descalza de las galliformes al observar la tremenda visión de lo que es por dentro.

Lentamente avanzo sobre mis manos, abriendo el paso entre mis células, entre mis venas y entre mis tejidos. Avanzo en completo sobresalto y aumenta mi terror. Me conecto al torrente sanguíneo de mi aparato circulatorio y el chorro de sangre me lleva fluidamente hacia más adentro.

Mis ojos intentan escapar de sus órbitas por motivos de intimidación y rápidamente llego al hombro. Al momento, ya estoy metido dentro de mí hasta el pecho.

El pequeño epidermiano me devora sin clemencia y yo, sigo avanzando incontenible a mis entrañas, abriendo y rasgando conexiones orgánicas, dislocando y quebrando huesos, desmenuzando músculos y tendones, produciendo hemorragias internas que me lastiman y me provocan terribles dolores.

Volvería sobre mis manos pero el poro devorador ahora ha sacado las suyas (sus manos) y me succiona y me empuja hacia mi interior con terrible fuerza.

Pasar el hombro me cuesta trabajo, tanto que mi quijada se me ha dislocado por completo. Me duele mucho.

Mi cerebro comienza a crujir debido a los estrechos de mi cuerpo pero poco a poco y con ayuda de mi caudal de sangre, empieza a pasar la terrible sensación, ya porque los vasos por los que voy pasando se hacen cada vez más amplios, ya porque creo que me estoy acostumbrando al escalofriante viaje intrínseco que he comenzado. Todo a media luz, todo a medio existir. Uno dentro de otro. Yo dentro de mí. Nada y todo a la vez.

No suelo arrepentirme de lo que la vida me ofrece y de lo que a ella arrebato, pero en esta ocasión he comenzado a pedir perdón de lo que comencé hace unos instantes con singular inquietud ahora convertida en general terror… Ya no quiero seguir pero el caño de plasma me empuja hacia mi interior al tiempo que aquél maldito poro del que me enamoré, no acaba de saciar su inmunda hambre de mí.

Le odio. Le anhelo. Le olvido.

¡Miren! ¡Ahí está mi corazón! Latiendo desbocado por el suplicio y la atrocidad vividas; se siente intimidado al verme y por instantes se detiene congelado en el terror. Yo me quedo quieto, le miro con cautela y le sonrío levemente, (no me conviene que se espante y me mate por mi encuentro). Me acerco calladamente, con sigilo en demasía, y aunque no quiero volver a enredarme amorosamente con alguien de mi interior, le beso tiernamente en el ventrículo derecho, para luego acariciarle las arterias coronarias y lograr hacerlo suspirar de excitación.

Se deja llevar, se tranquiliza, me abraza y vuelve a su ritmo asustado como antes. Vuelvo a respirar tranquilo y mi corazón late de nuevo al verlo latir a él también, que al fin y al cabo, son el mismo. Y prosigo mi viaje intrahumano en la oscura caverna que soy: me encuentro con un alvéolo y ya puedo respirar mejor.

Paso mis pulmones con el temor de conocerlos por vez primera (ya que las radiografías no cuentan pues son como las fotografías de las personas: nunca nos dicen como nos tratarán frente a frente), espero haberles caído bien, no quisiera que ocurriesen devastaciones parecidas a lo ocurrido con mi corazón.

Más adelante, encuentro igualmente con temor al esófago. En el avance siguiente, observo con inquietud al estómago. Hacia allá, el hígado y el páncreas. Ahí viene mi vaso y mis riñones: me saludan y tiemblo. Esta es mi bilis y en el más allá se ven mis intestinos.

Conmocionado al máximo, me encuentro con el píloro. Un olor fétido y repulsivo comienza a entrar en mis fosas nasales que de momento se han convertido en fosas sépticas, debido al hedor. Es así como puedo discernir que ya he entrado en mis vísceras ulteriores: mi tracto delgado intestinal cargado adecuadamente con graciosas heces sebosas y mierdas embarradas decorando ruinmente las paredes peritoneales en tonos sepias mortuorios.

El asco se me embarra al miedo durante el yeyuno, las ansias de vomitarme dentro de mí me ahogan junto con mi pavor por todo mientras el íleon me abre su cauce, y ya en el colon ascendente no soporto más y regurgito mis entrañas a mis entrañas. ¡Qué asco sentir mi propio asco! El pánico es abrasador, la peste insoportable. ¿Para qué demonios este maldito viaje? ¿Para qué?

Mi caminar con las manos comienza a hacerse amplio y estrecho al llegar al intestino grueso, perdonando la metáfora dual. Amplio debido al mayor tamaño de éste. Estrecho debido a la inquietud intimidante que me embarga el saberme del otro lado de mi cuerpo.

Cuando a lo lejos vislumbro mi recto, como la luz al final del túnel, el más allá más íntimo del que he tenido noticia, siento cómo me penetro con mi propio pene al pasar éste a través del poro devorador.

Me violo y me sacudo. Me duele y me avergüenzo.

Y un instante después, mis testículos, mis muslos, mis rodillas, mis tibia y peroné, mis tobillos, mis pies.

Y un instante después, ya estoy todo dentro de mí.

Momento es que veo con ansiedad el doblez sigmoide y me apresuro con mis manos para salir de mi propia suciedad en la que viajo asquerosamente sucio.

Llego por fin al recto y demasiado desesperado (ya no hay tiempo para pensar en el amor), con trabajos abro el esfínter de mi ano, rasgándolo con violencia… Entran uno a uno los rayos intensos del perdido sol de la tarde, pero encuentro que mientras más descubro la salida de mi recién adquirida celda, más me penetra el dolor insoportable.

¡Qué suplicio éste! ¡Qué martirio, Dios mío! Cuando más alegría de saberme libre siento, más me duele la presencia de la liberación.

Y de pronto, ahogado en un llanto de dolor, comienzo mi alumbramiento: el parto único y desencadenado de mi cabeza, mi cuello, mi caja torácica, mis brazos y manos, mi cintura, mi cadera y genitales, mis piernas y pies. La luz se ha hecho de nuevo. La luz, que de tanta, me ciega, me ataca, me lastima.

He nacido de nuevo, soy otro y sin embargo sigo siendo el mismo, pero con otra piel. He salido limpio y desnudo, con un renovado en el siempre viejo cuerpo.

Lentamente, la calma regresa a mi corazón, el aliento a mis pulmones, la tranquilidad a mis vísceras y la mierda a mis intestinos.

Mi ano también ha comenzado a recuperarse, a sosegarse, a desvanecerse, a desaparecerse, hasta que ya no está ahí nunca más.

Y la pregunta regresa con estruendo agobiante a mis sentidos, ¿y todo esto para qué? Y la respuesta me sale de consuelo en emanaciones escasas de glucosa secretada por mi materia gris: —¡Para renovarte y verlo todo diferente, como nunca, como se supone que siempre debió ser!

Entonces agradezco eternamente a aquel ínfimo epidermiano que me devoró y me dio la oportunidad de nueva vida… Lo amo otra vez. Y agradezco eternamente a aquella lluvia seca que también ya ha cesado. Agradezco eternamente a aquel llanto salado y dulce que el asfalto en su desesperación por el insidioso tráfico, dejó subir al cielo, que loco y paralizado en sus pensamientos, no lo podía creer.

Ganador del derecho a ser parte de la publicación del Séptimo número de la Revista Literaria “Tiempos oscuros, un panorama del fantástico internacional” a través de su VII Convocatoria de selección de textos en México organizado por la Revista Digital Literaria “Tiempos oscuros” (España).

Por: Alexandro Arana Ontiveros (México)

alexandroarana.wordpress.com


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