Tras la barra

Caminando sola por una calle apenas iluminada después de otra noche detrás de la barra, la vuelta a casa cuesta un poco más que el fin de semana pasado. Los motivos son muchos y, aunque en apariencia variados, todo se reduce a lo mismo de siempre: su condición de ser mujer.

La sensación comienza estando todavía en casa, frente al armario de la ropa. Sabe cómo quiere vestirse, pero también es muy consciente de cómo quieren que luzca en el local. Nunca le han reprochado nada directamente por supuesto: las miradas reprobatorias y los comentarios a medias son mucho más eficaces en la cultura del miedo.

Durante el transcurso de la noche, incluso cuando esta resulta tranquila, cualquiera puede acercarse a la barra con ganas de incomodarla. En esos momentos es complicado decidir qué sensación es más agria: si la incomodidad en sí misma o la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

Para terminar la noche queda la vuelta a casa, regreso marcado por las calles de la zona vieja de la ciudad: poco iluminadas y solitarias, a la par que abarrotadas de miradas, en el mejor de los casos,y comentarios que la persiguen hasta que logra entrar y cerrar el portal de su edificio.

No le ha pasado nada, nunca ha tenido un verdadero susto, pero la sensación de miedo e impotencia en ciertas situaciones la perseguirá otra vez el próximo fin de semana tras la barra.

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