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Casi me olvido

Casi se me olvida vivir. He estado poco pendiente del mundo que me rodea, centrada en mi burbuja imaginaria que no deja espacio para nadie más que yo porque creí que así era más fácil cumplir con los deberes que la vida me ha achacado desde el preciso momento en que decidí crecer. Ya no escucho la lluvia pasar, ni los sonidos que trae la brisa, soy un zombie más merodeando por las calles de una ciudad que se asemeja más a un cementerio de miradas tristes y lágrimas secas.

Casi olvido el cálido tacto de un abrazo añorado, la caricia del sol de la mañana que se vuelve más agresiva cada vez y el susurro de la luna en las noches oscuras, que silba canciones de cuna a los que no pueden dormir. Mi capacidad de asombro se he reducido drásticamente al igual que mi sensibilidad porque la óptica del yo es objetiva y  bajo su lupa, no se conoce la piedad.

He dado un gran paso hacia la deshumanización, a la sobriedad de carácter, a la temida cruda y fría adultez. Al final se me contagió la enfermedad del siglo XXI, esa que he intentado alejar con tragos de arte y sorbos de naturaleza al menos dos veces al mes. No recuerdo cuándo comenzó mi transformación en un robot moderno programado para y trabajar, comer y respirar, así en ese orden, supongo que puedo culpar al tiempo por ser tan corto y poner ridículas fechas de entrega.

Es duro levantarse y ver en el espejo que mis ojeras ocupan más de la mitad de mi cara y mis ojos cansados descansan sobre dos bolsitas hinchadas que sobresalen de mis cachetes inflamados. Todo de mí se ha drenado, incluyendo la energía rebosante que me caracterizaba.

Siento que es hora de desaprender de lo que la vida me pone en frente, pues para recordar lo que vale la pena es preciso olvidar lo que nos hace daño. Quiero volver a escuchar el trinar de los pajaritos, los distintivos pasos de las pisadas en el asfalto y la risa de los niños en el parque cercano.

Debo aprender a vivir de nuevo porque casi me lo pierdo y perderse de la vida es dejarse esfumar en el tiempo, pues no sabemos todavía si realmente viviremos otra en algún lugar para aprovechar esas oportunidades que perdimos, realizar los sueños que anhelamos y poder amar como nunca hemos amado.

Casi me pierdo de la vida, pero reaccioné a tiempo como si despertara de un sueño profundo, un letargo mental que no dejaba que los rayos del sol iluminen el alma rasgada por las vicisitudes, pero que aún sigue lo suficientemente fuerte para avanzar. Tuve suerte de despertar a tiempo porque a veces los ojos nunca se abren y caminamos por el mundo solos y ciegos.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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