Réquiem

Padre nuestro que estas en el cielo; nosotros estamos en el mismísimo infierno; santificado sea tu nombre; el sol quema más que otras veces, pero a pesar de ello me siento en tu reino… aunque no exista. Hágase tu voluntad. Vengo cargando la cáscara de lo que alguna vez fuiste, Rosalba. ¡Pesas tanto! Avanzamos lento por el bochorno, pero yo ya quiero llegar, quiero dejarte en ese agujero. En la tierra como en el cielo. Yo no creo en el cielo, dejé de creer en él hace mucho. Perdona nuestras ofensas. Aún no entiendo cómo una madre puede vender a su hija. Yo nunca te pedí nacer, entiendo que me odiaras, me lo repetiste tantas veces. «El único hombre que me quería se fue por tu culpa, Catalina». Esa oración siempre impregnada del mismo rencor. Danos hoy nuestro pan de cada día, ese que me arrebatabas, después de tratar con cuerpos llenos de mierda. Seis cargamos esta caja, pero nadie siente tanto el peso como yo, por eso los apuro, para llegar pronto y dejarte. Ya estoy cansada de ti. Lo abandoné ese día. Nunca se me va a olvidar, acababa de cumplir trece años y estaba jugando con mis viejas muñecas de trapo cuando me gritaste «¡Catalina, ven acá, escuincla!», corrí a tu búsqueda, y te encontré en la puerta de la cocina con tu mandil sucio, habías matado a la única gallina que nos quedaba, tus manos asquerosas estaban llenas de sangre tibia; junto a ti un viejo decrépito sonreía. «Mira, niña, el señor quiere jugar un ratito contigo», en su sonrisa había algo que en lugar de tranquilizarme me atemorizaba. «Pero si no lo conozco, mamá, yo no quiero ir con él». Me jalaste la oreja y gritaste: «¡tú me obedeces porque soy tu madre! Te irás con él y harás todo lo que te pida». Te tuve tanto miedo que corrí, pero me alcanzaste y me entregaste a la perdición, él me apretó el brazo y me jaló hacia una habitación, cerró la puerta y sonrió mostrando unos dientes podridos, me tiró a la cama y yo lloraba, se bajó los pantalones y apagó la luz, yo me tapé los ojos, se sentó y comenzó a acariciarme la cabeza. «No tengas miedo niña, sólo quiero jugar contigo». Lloré más al sentir su aliento fétido cerca de mi cara. «¡Mamá! ¡Mamá no quiero estar aquí!», grité con todas mis fuerzas pero no llegaste, me dio una bofetada. «¡Cállate! Tú sólo quédate quietecita, te va a gustar pequeña, así son todas las mujeres, ¡unas putas!» El dolor me inundó el cuerpo y el alma… me abandonaste, sus dedos se deslizaban entre mis piernas flacas… ¡Aunque nosotros nunca perdonemos a los que nos ofendieron!. Después de aquella tarde dejaste de ser mi madre para pasar a ser la señora Rosalba. ¿Qué culpa tiene una niña? Me llené de miseria y de rencores, no me sirvió rezar para librarme del mal. Pero a ti se te olvidaba con sólo ir a confesarte. No me dejes caer en la tentación de perdonarla. Ahora que te veo dentro de ese hoyo y me llaman para echar el primer puño de tierra, qué dichosa me siento. La tierra está húmeda, ojalá te quedes ahí. Líbrala de la dicha y la paz. Ojalá te revuelques con los gusanos, como mi bebé lo hace por tu culpa. Odio a toda la gente que vino a llorarte, porque tú no te mereces ni una sola lágrima sobre tu tumba. Lloran especialmente los que saben que hoy muere también la casa de las niñas, la casa de las mil rosas en el jardín, la casa por la que pasaron cientos de hombres hambrientos de carne joven. Te respetaban porque te hiciste de dinero rápido. Entonces las señoras del pueblo corrían a pedirte limosna y tú a cambio les pedías a sus hijas. Dios nunca te salve, Rosalba, llena eres de maldad, el Señor es contigo, ¡apoyando todas tus injurias! Maldita seas entre toda esta tierra. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores… pero no por ella. Amén.

Por: Ana María González (México)

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. QUÉ RABIA ME DIO ESA ROSALBA. GENIAL, GENIAL, GENIALLLLL.
    ABRAZOS

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  2. Daxiel dice:

    el ser por el ser, impecable trazo de pluma, entrelazando lo mítico de un verso, que intenta remediar nuestras miserias, en vano claramente

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