Me ha pintado dos paraguas
para decorar una pared.
Dos paraguas.
Uno, calado por la lluvia.
Otro, moteado por la nieve.
Para decorar una pared.
O sostenerla más bien.
Para alegrar los momentos difíciles.
Porque sabe que me gusta la lluvia.
Y, además, estos que vivo
y que vienen
son meses de tormenta.
Dos paraguas para protegerme.
Del diluvio de mis lágrimas.
Del tornado de mis flaquezas.
Para que al contemplarlos me sienta arropada.
Para que el frío tan sólo se pose en mi piel.
Y no traspase mis huesos.
Dos paraguas.
O dos cúpulas de protección.
Una burbuja de amor.
Una extensión de sus brazos.
Para envolverme con ellos en mis horas solitarias.
Para, en nuestras pequeñas y grandes distancias,
estar más cerca de mí.
Tener más calor.
Sentir aún más todo su amor.
Y yo los observo cada noche
desde la oscuridad del rincón
donde reposa mi alma.
Y me siento mejor al saber
que hay dos paraguas que me ha pintado
velando el sueño que me falta.
En medio de la insomnia,
cuando vuelvo en un instante
a ser una niña asustada en la oscuridad.
Peleando con mis terrores nocturnos.
Y recordando también los diurnos.
Cuando cualquier ruido me asusta
y las horas se hacen largas y decrépitas,
siento el viento de su cobijo
protegiendo mis paraguas.
Y, de paso, a mí también.
Me ha pintado dos paraguas
que han nacido del lienzo del artista.
Del pincel de las caricias
y la paleta de sus manos.
Que son las únicas que siempre
han estado agarrando las mías.
Y yo no sé cómo expresar todo mi agradecimiento.
Y decir,
sin sonar vana por el paso de los años,
que es la persona que me ha enseñado
que el amor existe y vive aquí a mi lado.
Y me gustaría escribir cuatro palabras
tan hermosas que estuviese orgullosa de mí
y de haber cambiado su pincel por una pluma.
Y poder decirla,
sin decirlo,
que nunca sabrá lo mucho que me duele
no poder pintarla yo también
otro par de paraguas
para evitarla todo el sufrimiento
y los disgustos que nunca mereció
ni ahora merece.
Que ojalá hubiese cumplido todos sus sueños.
Que no perdono,
ni olvido,
si alguien le borra la sonrisa.
Y que no sabré qué hacer el día
–por favor muy, muy lejano–
que no esté conmigo.
Decirla que ojalá hubiese podido regalarla más alegrías.
Y no darla la lata
a cada hora y cada día.
Pero no sé cómo hacerlo,
y la escribo estos renglones
para que ella y todos sepan
lo mucho que la necesito.
Lo mucho que te quiero, mamá.
©Registrado en Safe Creative Código #1608232137830 y publicado en MaruSpleen (maruspleen.wordpress.com)
Por: María Eugenia Hernández Grande (España)
maruspleen.wordpress.com
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