IV
Ahora dudo de mí mismo, de mis rezos
a la vida. El sol calienta mi rostro
pero no revive lo que yace dormido
desde hace tanto tiempo.
Hay un duende que viaja por el gris de mis espacios,
me llama con voz trémula,
dice que huelo a derrota,
que el cielo es azul al borde de mi pena,
que hay nubes que vuelan esperando que las monte,
y un sol detrás de las montañas negras
del valle en el que habito.
Hay un espejo retirado de mi mano
que refleja la imagen que soy en este instante,
que he de romper con el coraje que tengo entumecido
para mirarme luego en sus pedazos.
Y hay un espejo más, allá,
que refleja la imagen que yo era,
que he de alcanzar para ponérmelo en los ojos
y ver, detrás de él, mi vida antigua aniquilada.
V
Mis horas se han perdido en la espesura
del tiempo. Fue infinito el segundo de derrota,
lento fue el camino hacia el olvido,
hacia la senda nueva, de nuevas esperanzas.
Del cielo cayó un rayo fulminante
que chamuscó mi vida en sus contornos,
tempestades de viento y lluvias incesantes
acallaron adioses contenidos dentro:
todo fue un estallar continuo de elementos provocados
mientras la luna se fugaba detrás de mis versos
y un negro broche brillaba en mi memoria.
Hoy mis versos se rebelan contra el mundo
y un huracán arrasa carros y amapolas,
mientras grita una voz en lo lejano
que mi amor no existe.



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