Simetría de un cuerpo terrestre

Lograr la perfecta simetría de forma natural es imposible, no sé por qué aún nos empeñamos en ello. Ni siquiera Gea, la más sublime arquitecta, ha logrado reproducir una figura exactamente igual de ambos lados: siempre queda un ojo más pequeño, una oreja más alta, una garrita más corta.

Los artistas nos han hecho creer que lo perfecto existe y que debemos aspirar a conseguirlo a toda costa, propiciando que en nosotros nazca un vacío hambriento de “belleza ideal” que no ha de llenarse más que con prototipos del mundo imaginario que inventamos los humanos para sentirnos felices. La autoestima de medio mundo se drena en ese agujero sin sentido, lleno de complejos e inseguridades que no termina más que en un desprecio irremediable de todo lo que nos rodea y, por inercia, de uno mismo.

Nosotros, aunque estamos conscientes de esta realidad, no dejamos de girar en una espiral nerviosa donde los deseos deben ajustarse al estándar social de familia, novia y vida perfecta que siempre será una pantalla borrosa de la verdad, pero es proporcionalmente más elegante y menos engorrosa, cuya única finalidad funcional es que no se cuestione nuestra existencia  más de lo necesario.

Lo cierto es que nos da vergüenza admitir que no somos ideales, que en cada uno se esconde un ápice de maldad o locura que hace que nuestro molde se rompa y aparezcan las cicatrices del espejo roto de nuestra alma imperfecta, débil y hermosamente humana. Hemos llegado a creer que fuimos hechos como un ensamblaje de piezas que quedaron mal alineadas cuando lo cierto es que precisamente esa ridícula diferencia es incluso benévola porque nos recuerda que debemos aspirar a ver más allá de los focos elementales de atención e internados en mundos más densos y complicados, esos que habitan dentro de una cabeza curiosa y parlante.

Hoy quisiera que olvides cualquier juicio prefabricado sobre ti y te pares frente al espejo. Mira atentamente toda tu figura, desnuda, esbelta y date cuenta que ese seno que el cáncer se llevó no te hace menos exquisita, que esa sonrisa con algunas torceduras es reluciente y cada detalle de ti emite una luz propia y diferente que no será nunca posible encontrar en nadie más sin importar lo “perfecto” que pueda ser ante los ojos de los homo sapiens sapiens supuestamente pensantes.

Lo natural no viene en medidas exactas ni formas cerradas, no hay reglas de composición en el lienzo de Gea, que deja en manos del destino cualquier cambio al boceto inicial simplemente porque necesitan probar que no necesitamos medir con regla cada lado, porque no sirve de nada, más que para llenarse la boca de saliva malgastada. Las únicas medidas que admite la naturaleza son las del corazón, ya deberíamos saberlo a esta altura de siglo.

Por: Tintazul21 (República Dominicana)

palabrasdetodoynada.wordpress.com


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