El tiempo parece haberse ralentizado. Echo una mirada al daliniano reloj que cuelga desparramado de una vieja pared encalada, pero sus toscas manecillas apenas parecen haberse detenido. Las horas siguen su curso, impasibles. Desecho la tentadora idea de comenzar a teorizar acerca de la relatividad del tiempo y centro toda mi atención en esa complicada decisión que se me resiste y se me atraviesa entre la temeridad y el miedo y para la que no dispongo de más de unos escasos segundos que se me antojan una eternidad.
Es como si me hallara al borde de un precipicio y no hubiera más salida que saltar y cruzar los dedos para caer de pie o volver sobre mis propios pasos por el trecho ya andado, aunque estos inevitablemente me vuelvan a conducir a una encrucijada de caminos donde solo uno es el correcto. Y me siento como la reina de un frágil castillo de naipes bailando al filo de un hilo del que pende un reino entero.
El titánico Chronos me apremia insistente y el acompasado minutero ahora avanza a rebufo de unas moribundas décimas de segundo. No debo retrasarlo más. Me armo de valor y cierro los ojos, tomo aire y escucho a mi corazón, dejo de lado todas las dudas que me amedrentan y… alea iacta est.



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