Un café con Lucifer

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El día se apagaba en mi soledad otra tarde. En el suelo se amontaban las cervezas que me habían llevado de nuevo a otros mundos, a esos que plasmaba en mi papel para ser libre y que, para mi sorpresa, a todos encantaba. Era un escritor famoso, y eso me gustaba, por qué negarlo, pero, a veces, mi capacidad de análisis del mundo, y la frustración que esto causaba en mi subconsciente no compensaban mi fama.

Aquella tarde, tras el humo del enésimo cigarro aliñado que se consumía en mis dedos, vislumbré una figura amarga, que lejos de dar miedo helaba el alma mientras me invitaba a conocer su mundo de lujuria pagada con sufrimiento. El mismísimo diablo había venido a tomarse un café conmigo y me miraba mientras escribía estas lineas en un trozo de papel casi roto. Quiso asustarme con sus historia macabras que apenas inmutaban la comisura de mis labios. Apagué el “cigarrillo” y, con sus ojos fijos en mis manos, escribí aquellas líneas…

Vivo en un mundo donde una foto en bikini con unos pechos exuberantes recibe más halagos que unas líneas escritas desde lo más profundo del alma. Un lugar donde la moda impone lo que debemos ser y nuestra imagen lo que somos (o lo que no somos). Donde un beso se compra y un aplauso se vende al mejor postor. En un lugar donde se han perdido los valores, los principios, la dignidad y el respecto.

Vivo en un mundo donde el dinero justifica guerras, abusos, maltratos y hasta falsos amores. Donde ponemos precio a todo y valor… a nada. Soy de un lugar donde los ojos se hicieron inmunes a la barbarie de tanto verla y el llanto se quedó grabado en las miradas tristes para siempre. Un sitio donde ya no importa nada, salvo nosotros mismos.

Vivo en un mundo donde los niños quieren ser hombres demasiado pronto y los hombres… ya no saben ser niños. En un lugar de miradas perdidas que perdieron la luz que iluminaba el camino y ahora viven a la sombra de sus fracasos. En calles de nadie y miedos de todos.

Vivo en un mundo de cobardes, donde los valientes se esconden de ellos mismos. Donde las cabezas agachadas encorvan poco a poco la espalda hasta ponerse de rodillas para siempre. Vivo en un mundo donde la muerte…

¡¡¡Silencio!!! Pará de escribir de una vez -gritó una voz estridente que nubló el sol de la tarde, mientras golpeaba mi lápiz, que empezó a volar por la terraza-  ¿Quién está osando quitarme el dominio del mal?

Yo, lejos de asustarme de sus gritos… sonreí irónicamente (pues nada de todo lo que le había escrito me suponía goce alguno desde hacía tiempo).

¿Quién? -respondí entonces- El hombre.

Y el mismo Lucifer explotó en mil pedazos frente mis ojos.

Cuando desperté, una camisa de fuerza anulaba cualquiera de mis movimientos. Una voz de mujer intentaba calmarme mientras mi esposa lloraba alegando que me encontró gritando, corriendo por la terraza y diciendo que mis palabras habían matado al mismo demonio, y que ahora vivíamos en el infierno para siempre….

Yo… no entendía nada, pero había un trozo de papel en mis manos que olvidaba por completo que había escrito.

Por: Lidia Villalobos (España)

laciudaddelasnubes.com


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