Hay un lugar
al final del ocaso
donde desearía caer
abatida,
morir entre los huecos
de tu cuello partido,
el muro
de los lamentos
que llevo encima cuando el sol todavía canta.
Que se incendien
afuera
de la manta donde vengo
a dormir cien años luz,
las calles
y el instituto.
Viajé desde muy lejos
a través de los subtes
y la rabia ajena
para escuchar
mi vientre,
mi risa
entre el muro de Berlín
que me separa
del cocodrilo que busca
hambriento
el tic tac de mi cabeza.
Congelada en el tiempo,
haciéndome pequeña
para despistar al alba,
dormir
como un violín descordado
entre la paz de tu espejo,
de tu pelo,
de tus manías conmigo,
del fuego que se propaga
más allá de los cristales.




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