Palabras abandonadas.

Alguna vez te has preguntado: ¿qué pasa con lo que nunca dices? ¿Qué pasa con aquellas palabras nunca pronunciadas? Pues bien, tengo la fortuna o desgracia de encontrar aquello que la gente nunca dice. Así como algunos tienen la habilidad de ver a los muertos, yo veo y escucho las palabras que los demás se callan.

Me he topado con un sinfín de ellas, se han enredado en mis pies haciéndome tropezar. En alguna ocasión, que no recuerdo bien, le pregunté a un “te he echado de menos” de dónde venía, qué hacía y por qué me seguía —soy la oración que nunca se dijo, que nunca se dirá, soy aquella ingrata que han soltado al vacío del olvido, la que vagará como alma en pena, buscando quien me alivie—. Fue una fortuna encontrármelo, pues si él no se alivió, al menos a mí sí me sosegó el alma, y me tranquilizó por unos instantes. Jamás le volví a ver.

Las personas no están conscientes de tales asuntos. No saben el daño que les causan a las palabras cuando no las dejan libres. Ellas vagan por el mundo sintiéndose desdichadas, queriendo ser mariposas cuando aún son orugas. Aunque debo admitir que no siempre es así.

Con lo más triste que me he topado es con un “ya no te amo”. Andaba solitario por una calle gris, sin embargo, él brincaba y reía. Se preguntarán entonces ¿por qué es tan triste, si él iba feliz? Pues, te diré que no existe nada peor que un “ya no te amo”, quien tenga la mala fortuna de escucharlo se rompe en dos. Él iba feliz porque la persona que nunca lo pronunció se alegraba de pensarlo y quería soltarlo. Desgraciadamente me lo encontré yo y no pude evitar llorarle.

A diferencia de los “te amo”, que gimotean siempre, provienen de amores truncados o imposibles. No puedo evitar tenerles lástima, son grandes pero melancólicos; miran el cielo estrellado y suspiran, la luna es su única compañera, ella los mima mientras las lágrimas corren por sus letras, los sollozos me hacen bajar de mi habitación y sentarme con ellas en la acera, entonces yo también lloro y ellas desaparecen. Pero a la siguiente noche ya hay de nuevo uno más.

“Perdón” todos los días, se topan con mis pies —pues son muy distraídos— bajan la mirada y se pasan de largo, poco a poco el viento se los va llevando.

No me molesta encontrarlas, sin embargo, la gente debería hacerse responsable de ellas y tratarlas como es debido. Su existencia radica en torno a la libertad, y cuando no es así caen en la condena del olvido. Debemos recuperarlas y volverlas nuestras, darles forma y soltarlas al mundo, en su forma más pura y original, con la finalidad que les corresponde.

Por: Ana María González (México)

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