Rojo Infinito

ADVERTENCIA: No protege del ahogamiento. Usar sólo bajo supervisión constante.

Instrucciones para el uso de un flotador.

Qué raro y qué feo. Eso pensó Sonia de su primer barquito de papel nada más terminarlo. Los pliegues no fueron precisos. Le faltó esmero y concentración. Pero era su primera vez. El siguiente le saldría mejor.

Y así fue. Con el tiempo, y mucho doblar papel, mejoró bastante, y ahora los barquitos se le dan tan bien como hacer globos de chicle o contestar mal.

Le chifla ponerles un nombre. De esos largos y un poco absurdos. Como Matemática Inversa en el Jardín de Loki, El Destino de los Sueños Desesperados, Las Tres Palabras que Nunca Dice Mamá.

Ni una sola vez —jamás— se conforma con hacerlos y bautizarlos. Ella quiere verlos flotar. Pero la ensaladera, el lavabo, la bañera… no sirven. Son mares muertos. Así que va con sus barquitos hasta la playa.

Hace tiempo que aprendió a no dejarlos en la orilla, a merced del mar rompiente. Las olas los engullen rápido, para regurgitarlos después en la arena con mucho desdén y poca gloria. No, no quiere eso. Ella se descalza y entra en el agua. Nunca demasiado, despacito,  pues no sabe nadar. Además, el agua suele estar fría como el corazón de una bruja. Y, en invierno, fría como el corazón de una bruja a la que han roto el corazón.

Sonia los deja sobre la superficie en calma. Los ve un ratito flotar. Porque allí, mecidos por el vaivén del océano, parecen casi de verdad.

No duran mucho. Eso es lo malo. El papel se humedece y no tardan en naufragar. Sonia prefiere por eso las cartulinas de colores, que aguantan un poco más. Por desgracia, casi nunca hay en casa, y no le queda otra que usar inmaculados dinacuatros que roba de la impresora de papá, o esas hojas con rebabas, manchas y garabatos, arrancadas de cuadernos que no paran de adelgazar.

Alguna vez también ha hecho barquitos con papel de periódico. Pero se ha prometido a sí misma no volverlo a hacer. Es verdad que, al principio, encontraba cierto goce maquiavélico en ver cómo todos esos políticos, deportistas, asesinos… —las aburridas y las malas noticias— se iban con su barquito al fondo del mar. Pero eso fue hasta el incidente de aquella mañana.

Aún le atormenta el recuerdo de esa chica varada en la playa, supermodelo de contraportada, náufraga de un barco de papel, y a la que su padre tuvo que reanimar.

No olvida la tos salvaje, el chorro de agua salada, la confusión de la top, y tampoco sus labios, que, a pesar del naufragio, lucían perfectos, como en el anuncio del diario, en aquel nuevo rojo 999, más brillante, más intenso, resistente al agua y al destino, quizá infinito.

 

Por: Tony Franco (España)

elpajarllenodeagujas.wordpress.com


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