En la aurora de un domingo, se ha pronunciado un triste malva azul.
Parece que será un día estruendoso y no hay paraguas para evitar esta tormenta.
Empezó a llover desde la tarde y desde entonces la flor en mi pecho no ha dejado de regarse.
Las horas se reparten sobre un pobre reloj sin alma, y los ojos del poeta se han mojado una vez más en un viejo vino.
De uno a tres rayitos cayeron suave y dolorosamente sobre mi cabaña. No hay daño alguno, salvo sangre saliéndome del lirio.
Una extraña de pecas en la mirada ha venido a tocar la puerta. Ha corrido por ayuda al ver tanta sangre saliendo de un pequeño cuerpo que no soporta el peso agobiante del sol. Han venido los paramédicos y los vecinos.
En esta horrorosa noche intentan rehabilitar unos brazos delgados que se han secado de soledad.
Hoy: veintiocho de junio del verano dieciséis, se ha suicidado una muchachita enterrándose una flor entre los senos.



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