La realidad del mito

Sólo le quedaba un objeto, el último que completara la serie. Antes de irse a dormir los sacaba de su arca y los contemplaba con una devoción extrema. Encontrar la reliquia que le faltaba lo llevaría hasta él. Hacía ya mucho, cerca de un milenio, que toda aquella historia se congeló en el tiempo, como un fósil viviente enterrado en una geoda de amatistas. Su apariencia humana se desvanecía al mirar el brillo de sus ojos en el espejo, sólo ella podía hacer un repaso por su pasado remoto. En tiempos modernos los mismos dioses bajan hasta las calles para caminar entre los “mortales”. Su mito sólo era recordado por estudiosos de la historia y del arte antiguo. Y sin embrago la realidad superaba a toda fábula y leyenda. Las reliquias ya no estaban en las antiguas tumbas de Egipto, sino en los grandes museos de aquella ciudad europea que la absorbía con música callejera, mimos postrados en aceras y enormes avenidas iluminadas con luces artificiales.

Amaneció con el sonido del acordeón bajo su balcón, se calzó sus deportivas y, con una sonrisa en los labios, bajó hasta la cafetería donde el cappuccino y el croissant le esperaban. Hoy sería el día. Tenía una cita. El lugar, aquel museo cuya pirámide de cristal asomaba como la de Keops en la explanada de Guiza. Sacó su carnet de investigadora, rellenó algunos formularios y entró en los archivos donde custodiaban lo que estaba buscando.

─Su pedido es de la dinastía I, sino me equivoco ─la voz de unas de las ayudantes le indicaba que ya estaría ante él.

─Sí, lo he especificado en la inscripción.

─Entonces yo se lo llevaré ─escuchó una voz en el silencio que se perdía en el fondo de la sala.

El tono de aquella voz la puso nerviosa sin saber el motivo. Los minutos pasaban y su objeto preciado no aparecía. Las uñas de sus dedos trazaron dibujos sobre la madera de la mesa, la inquietud se agolpaba formando jeroglíficos sin descifrar.

─Mrrmrr… perdón por la tardanza, un pedido de este género me encargo yo mismo en persona.

Ella lo miró y todo el cuerpo le tembló como una hoja soplada por el viento otoñal. El cofre estaba cerrado en su caja original. El conservador abrió la caja con sumo cuidado. Refulgió con rayos dorados la corona de Atef.

─Sin duda es mi pieza favorita, por favor, los guantes.

En ese instante él rozó las manos de ella, y un relámpago descargó toda su energía sobre ambos. El tiempo se detuvo para que sus pupilas se diluyeran unidas bajo una lluvia de recuerdos ancestrales. El reconocimiento de que eran una misma alma buscándose en el tiempo. La maldición de estar separados por un engaño. Los trozos que ella fue buscando para encontrarlo en la otra parte del mundo. Su búsqueda había concluido.

Sin mediar palabra, él apartó la caja y se acercó hasta ella.

─Isis… ─susurró acariciando su suave rostro.

─Osiris… ─respondió ella, posando sus labios trémulos sobre los suyos.

Y el beso duró como una era glacial.

Los compañeros del conservador, se reían.

─Eso se llama amor a primera vista ─dijo uno de ellos.

─Eso sólo le ocurren a los dioses ─opinó otro, acertando de lleno en el reencuentro.

Por: Lola Sánchez (España)

lolasanchezmiespaciointerior.blogspot.com.es


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