Nuestros encuentros -siempre casuales-, vacilaban entre el juego y la realidad, y así estaban perfectos. Me acompañaba a casa por la mañana, después de un café con lo que nos encontráramos cerca, hablándome sobre el judaísmo, la música, o acerca del nombre y orden de las calles del barrio. Pequeños instantes de dicha.
Y fue así, que la esperanza de volver a coincidir se convertía de pronto en un quizás, cuando ya a solas, junto a esa gran avenida de árboles dorados, me invadía el domingo y sus sensaciones extrañas; la ficción de la semana estampada contra mi cara, y a modo de respuesta, una gran sonrisa de origami.


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