
Sí, señor Juez,
yo le maté,
10 puñaladas al menos le asesté…
y me sentí muy bien.
Ese malnacido tenía que aprender
a dejar de joder.
Si volviera a nacer
lo haría otra vez,
no lo dude usted
señor Juez.
No hacía más que malmeter,
sólo hería por placer;
extorsiones sin cuartel,
afrentas por doquier
a mis hijos y mi mujer.
No me pude contener
cuando vi aquel papel:
“Debe usted saber que yo tengo el poder, debe usted comprender que no se puede esconder, que lo encontraré”.
Pero lo encontré
antes yo a él
y, con gusto, lo maté
y, por fin, me liberé.
¡Condéneme, señor Juez
por librarme de alguien cruel,
la pena, por injusta que sea,
que lo es
la acataré…
¡CONDÉNEME!
NOTA DEL AUTOR:
No olvidéis, querid@s lectores-as, que este texto NO se debe tomar al pie de la letra, sólo es una representación en verso de la parte que debemos desechar de nosotros mismos. La violencia NUNCA soluciona nada.




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