Una historia de estos días

La última bomba había caído apenas a quinientos metros. Una negra y espesa humareda se expandió instantáneamente en un círculo inmenso, al tiempo que se elevaba hacia el cielo, acompañada de una lengua de fuego que iluminó plenamente la oscuridad de la noche.

Advirtió que le sangraban los oídos y que había dejado de escuchar sonido alguno. Era consciente de que la niña lloraba, aunque no pudiera oírla. La tomó en sus brazos y corrió sin una dirección concreta, como pollo sin cabeza. Al final la encontró, semienterrada entre un amasijo de escombros y hierros retorcidos, y sintió que el corazón le daba un vuelco dentro del  pecho. Depositó a la niña con sumo cuidado en el único lugar libre de pedruscos y objetos de otros materiales que pudieran dañarla, no sin antes besar su mejilla, mientras las lágrimas resbalaban torrencialmente por sus mejillas. Una vez que tuvo las manos libres, aunque todavía temblorosas, palpó con los dedos el cuello de ella. Estaba viva. Apartó como pudo los objetos que cubrían parte de sus piernas y el abdomen, con manos ansiosas y rezando las plegarias que sabía, en un ruego por no encontrar en el cuerpo daños irreparables. Aparte de golpes y magulladuras todo parecía estar bien. La pequeña había dejado de llorar y él comenzó a percibir nuevamente el sonido de las bombas como un rumor lejano, y el ruido de los motores de los aviones en la distancia.

Después de un tiempo que a él se le hizo eterno, ella despertó de la conmoción que la mantenía fuera de este mundo. Aliviado, él la abrazó, y luego la ayudó a ponerse en pie, lo que hizo con extrema dificultad. Después avanzaron lentamente, a lo largo de calles flanqueadas de casas derruidas, entre olor a polvo y a cenizas.

El amanecer los sorprendió en una carretera a la que paulatinamente se iban incorporando más y más personas, formando una extensa hilera que desaparecía tras el horizonte. Al cabo de unos días alcanzaron el puesto fronterizo, y los alojaron en un descampado embarrado, sembrado de tiendas de campaña, entre llantos de niños, gritos de desesperación y de hambre, de dolor de los enfermos y heridos.

En una iglesia de Bruselas a la que acudía gran parte de los miembros del Consejo Europeo, el sacerdote abrió una Biblia, en el interior de la sacristía. Todavía faltaba una hora para el comienzo de los oficios, pero él deseaba tener preparada la homilía de la Eucaristía. La apertura del Libro Sagrado fue aleatoria:

Mateo 25:

“…Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.  Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;  estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.  Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?  Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.  Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;  fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.”

El sacerdote miró un crucifijo que yacía sobre la mesa, suspiró, y pasó la página.

Por: Víctor Chamizo Sánchez (España)

rompamoslosgrilletes.wordpress.com


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