He visto dolor en sus ojos.
Ella estaba quieta,
inmóvil,
como si temiera a la realidad,
como si temiese a los sueños.
Ella se veía sombra,
distorsión,
como si las miradas fuesen limón
como si las palabras fuesen vinagre.
Ella, simplemente,
quiso ser olvido
para ser recuerdo,
quiso poner
la serpiente negra en su cuello
sabiendo que desde siempre
los cristales del espejo
cortaban su piel.
El resto fue dejar fluir al tiempo
y ver las heridas doler
y doler,
hasta que la serpiente
fue la única que la quiso abrazar,
la única que le hizo sentir
con los pies a un metro del suelo
para conocer un paraíso.




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