Código de barras

Iban de compras.  Ella morena de nacimiento, él pálido y añoso.  Muy morena y joven, labios gruesos, pelo encrespado en media cola; estatura escasa, tristeza toda.  Ojos hermosos tirando a pena, mirada perdida de frustración enquistada.  Blusa rosa desteñida sin mangas ni escote, zapatos de pasar desapercibida, falda recta a la rodilla de ningún color, casi sin sentido.  Estampado en su hombro derecho un feo tatuaje, a lo lejos parecía un código de barras.  De sus orejas colgaban dos grandes argollas, y de su brazo izquierdo, en volandas, una anciana menguante sin deseos ni placeres, que sumaba con su hijo todas las necesidades que fui capaz de imaginar.

Para satisfacerlas sin remilgo estaría Yanira –si he de inventar un nombre, éste me parece tan bueno como otro cualquiera–, con su acento exótico y su gratitud de soga apretada.

Los vi desplazarse parsimoniosamente rodeados de fruta plastificada, compañía revenida, favores en mal estado y latas de amor sin sal, sin azúcar, sin grasa, sin gluten, sin lactosa… sin amor.  Caminaban entre brumas de pasión anestesiada convirtiendo los pasillos de estanterías en interminable camino de peregrinos que ejecutan penitencias de cilicio, flagelos y mortificaciones.  Atisbé miradas suplicantes y, en él, algo huidizas.

Y yo que sentía sus latigazos en mi pecho y sus náuseas en mi estómago; que añadía a mi cesta ausencias inventadas, sueños incumplidos, vidas tormentosas, suplicios ajenos inconfesados.

Pero ahora que sus movimientos y sus gestos no son más que un recuerdo y se me desdibujan confundiéndose entre agujas de reloj, acaricio la esperanza de haberme equivocado.  No debí dejarme engañar por esa forma de caminar, propia de quien transporta congojas de ningún lugar a ninguna parte.

Seguramente no se conocieron en un bar de alterne al que él acudía regularmente para despellejar su amargura a tiras.  Puede que ella no haya sido nunca mercancía en mano alguna, ni se aferrara en cuerpo y alma, como náufrago desesperado, a promesas de tierra firme.  Es muy probable –¡malpensada de mí!– que se enlazara con voluntad y entusiasmo a ese amante trasnochado con más billete en su cartera que pelo en su cabeza y masa corporal bajo su piel reseca.

Ahora entiendo lo injustificado de mi pesadumbre.  Él no se ha sentido jamás dolorosamente hueco y abandonado, y la dignidad sigue intacta; no hay motivo para la culpa, los remordimientos o los reproches.  Estoy casi convencida de que María Fernanda –me gusta más que Yanira–, esa Melibea enamorada, espera con ansias las caricias y embestidas de su Calisto, abandonada sin reservas a la humedad de su lengua, a la tibieza de su aliento, de su cuerpo torpe, de su olor a tabaco añejo, de su prisa gélida.

Incluso la dama angelical que se deslizaba apaciblemente apoyada en su brazo acogedor, no cabe duda que hasta ella, alberga deseos y alegrías bajo la inexpresividad opaca de su rostro.

Habrá fallado mi intuición una vez más, y su desgracia no será más que un tapiz de fábula colgado en la pared de mi mente maliciosa.

Por: Ana Bastet (España)

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