Deteniendo el tiempo

Abrió los ojos. Sin notarlo se había quedado dormido detrás de la ventana de su habitación, ese cristal que muchos llamaban vida. Su nombre era Tiempo, aunque muchas veces se llamaba a sí mismo soñador.

Gran parte de su día a día consistía en mirar a través de aquella única ventana. Veía nacer desde el ser más diminuto hasta la emoción más intensa, momentos en los cuales su curiosidad se encontraba a tope. Pero también los veía morir; en esos instantes la lluvia solía gotear sobre el vidrio, provocándole un profundo sueño. Lo más curioso de su rutina se encontraba en este punto: al despertar no recordaba nada de lo que había visto. Quizás pueda considerarlo una bendición por encontrar siempre la curiosidad, o tal vez un oscuro pesar por no recordar nunca la razón de su asombro.

Continuamente los días —que no eran más que una ínfima parte de Tiempo— transcurrían sin ninguna novedad; la única distracción que tenía además de mirar a través de aquel cristal era limpiar y pulir una colección de relojes que conservaba sobre su escritorio. Esa vasta exposición incluía relojes de todo tipo, de toda forma y de todo color, cada uno identificado con una etiqueta. En algunos se podía leer ¨salud¨, en otros ¨éxito¨; todos tenían asignado un nombre, excepto uno. Tiempo siempre había visto ese reloj funcionar, aunque aparentemente no tenía ninguna utilidad como los demás.

Sin aviso previo o notificación alguna el reloj sin nombre dejó de moverse. En ese momento, aunque la lluvia seguía cayendo por su ventana, Tiempo no durmió. Al instante reconoció que, en el tictac de todos los relojes, uno fallaba. Extrañado se acercó, y con él en mano se aproximó a la ventana para poder examinarlo con mayor claridad. Al levantarlo frente a ella notó un detalle que le robó la mirada: las gotas dejaron de mojar el cristal. Ya no solo veía, también sentía.

Sintió un calor que no provenía del sol, y mucho más cálido. Sintió la brisa más refrescante que pudo regalarle el cielo, y con ella sintió la calma y la paz que solo puede otorgarle el mar. Percibió el olor de las flores, el aroma de las cuatro estaciones y de todo aquello que se llamara hogar. Se conmovió con el ocaso del día, solo por el hecho de ser la puerta a la aparición de las estrellas. Experimentó la chispa que brotaba de sus ojos, esa que borraba las sombras que se encontraban en donde mirara. Y así, con tanta luz, se le iluminó la vida que tenía detrás de la ventana.

Maravillado con todo aquello —y a su vez con el hecho de no perder los recuerdos— decidió colocarle un nombre a aquel reloj. Sobre su etiqueta pasó una pluma con tinta dorada y, con la caligrafía más delicada que le permitió su cuerpo, escribió en ella una palabra que no se borraría jamás: amor.

 

Amor: evento extraordinario, único suceso capaz de parar el reloj del tiempo.

 

Por: Carlos Vásquez (Venezuela)

riakv.wordpress.com


Únete a nuestras redes:

facbook             twitter-icon-circle-logo             instagram-icon-3cd2e3790075e545be9ea3a14fe12baf             tumblr_256             social_youtube_63

2 Comentarios Agrega el tuyo

    1. Carlos Vásquez dice:

      ¡Gracias!

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s