Vienen Las Sombras

Allí, de pie sobre la hierba, cierra los ojos. Tiene que concentrarse. Cada fracción de segundo es otro cuchillo apuntando a su garganta. Todo está en sus manos ahora. No puede fallar. Las Sombras juegan en casa.

Sus párpados suben de golpe. Encara su destino. Es el quarterback de los Mortales de Cincinnati. Todas las jugadas empiezan con él. Aprieta los dientes y lanza el balón tan fuerte como un corazón propio y, a la vez, maldito. Uno que duele, uno que quema.

La veloz línea ofensiva de las Sombras de Nueva Orleans, fiera y pétrea, se le echa encima. Desaparece bajo las bestias, mientras el misil ovalado vuela seguido por miles de ojos.

Solo al 88 de los Mortales no le hace falta ver a dónde va. Galopa en campo contrario, con en el Infierno en los talones. Sabe que el balón viaja directo hacia él y que debería caer en sus manos de sapo. La duda, y no la carrera, es lo que acelera sus latidos.

De pronto se frena, se vuelve y… Tiene suerte. Entusiasta y danzarín atrapa la bala entre sus dedos infinitos. Rodea el balón con su brazo. Lo coge por debajo, como a un recién nacido. Lo aprieta contra su pecho.

Por desgracia, los linebackers de las Sombras, aun siendo pesadas murallas, han corrido como guepardos en la trayectoria del balón y están a un salto del recibidor 88, que comprende, infeliz, que no saldrá airoso en ninguna dirección.

Así que, sin más remedio, arroja el balón en manos de un chico que…

¡Sí! ¡Está fuera del campo!, próximo a la banda.

El chico, fan de los Mortales, recoge el balón, se cubre la cabeza con la capucha de su sudadera y empieza a correr por la banda hacia una de las salidas laterales del estadio, que hierve clamoroso. Uno de los árbitros se interpone en su camino. Su silbato pita enloquecido. Pero el chico lo esquiva por un flanco, deslizándose en la hierba como una foca en un témpano de hielo.

Ya fuera del Superdome, el chico mira hacia atrás. Ve a seis o siete defensores de las Sombras que salen a por él como bisontes en estampida, arrollándolo todo.

Muy asustado y casi sin respiración, pone el balón contra el delantal de un chef de perritos calientes, que, de algún modo, le estaba esperando. El chef echa un vistazo hacia el estadio. Se acercan los monstruos. Echa a correr.

Dos horas más tarde una mujer de piel morena jadea subiendo la escalera de caracol de un edificio de la calle Newton, en el tuétano de la ciudad. Mira desesperada hacia atrás y hacia abajo. Oye el tumulto. Sabe que tiene que subir más rápido, hasta el final, y tal vez sacrificarse allí arriba, después de dejar caer a la calle el balón.

Al alba del día siguiente un Dodge Charger del 73 surca la carretera federal 61, cerca de Baton Rouge. En el asiento trasero descansa un balón de fútbol americano. El conductor ajusta el espejo retrovisor. Le persiguen.

—¿Quiénes son? —pregunta su hija desde el asiento de al lado.

El conductor prefiere no contestar. Pisa el acelerador.

Tres días más tarde, un hombre con parche y bigote ocupa un rincón oscuro de una cantina, en algún lugar al otro lado de la frontera. Se sienta en una silla de ruedas y vela un vaso de bourbon.

Un crío sofocado entra por la puerta de la cantina y chilla.

—¡Ya vienen las Sombras!

En el suelo yace un árbitro con un disparo en la frente.

El hombre del parche y bigote aferra el revólver que reposa en su mesa, junto al balón. Reza en sus adentros para que el arma de fuego sea suficiente. Y para que esas cuatro balas que le quedan, aparte de árbitros, también maten demonios.

 

Por: Tony Franco (España)

elpajarllenodeagujas.wordpress.com


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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. otesania dice:

    Un relato trepidante y sorprendente…!!!
    Me ha encantado. Muy bueno!

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    1. Tony Franco dice:

      Gracias. La gente me dice “haz deporte”. Y yo les digo: nooooo. Te agradezco mucho la lectura y el comentario.

      Le gusta a 1 persona

    1. Tony Franco dice:

      Eskerrik asko, Uxue. Nos vamos a ver las caras en los premios Blogosfera. Lo sabes, ¿verdad?

      Le gusta a 1 persona

      1. lunapaniagua dice:

        Pero buenas caras, ¿eh? 😉

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