Frida lloraba de nuevo sobre su cama. Como siempre. Aparte de pintar, parecía no saber hacer otra cosa. Diego daba vueltas en el corredor contiguo como león enjaulado. Otra pelea, otro desamor, otra infidelidad. Y seguramente otro autorretrato más. ¡Esa es la razón, Frida! ¡Esa!, le respondió a rajatabla… Porque si no me quisieras, ¿de qué vivirías? ¿Qué pintarías? Y sobre todo, ¡jamás llegarías a ser el símbolo de la mujer que lucha y sufre en silencio!… Inútilmente.




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