Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía María Reig (España)

Sucedáneos

Sucedáneo: (del latín) sucesor, sustituto/ Dicho de una sustancia que, por tener propiedades parecidas a las de otra, puede reemplazarla/ Que es imitación de peor calidad que el original.

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española
Diccionario Oxford

Martina siempre se había considerado una persona feliz. Sí, más o menos. ¿Menos o más? Sacudió la cabeza, como desprendiéndose de aquellos pensamientos tan profundos, tan plomizos. No eran horas. Accionó el botón de su Ipod. My Sharona de Knack. No estaba mal. Sí, aquella sería la canción con la que comenzaría su rutina mañanera de ejercicio. Movió los hombros hacia atrás en una mezcla perfecta de desperece y estiramiento. Después, lanzó una última mirada a su perro Tommy y salió a la calle.

Diseñado por Freepik
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Mientras avanzaba por el asfalto que separaba las hileras enladrilladas de casas de aquella urbanización a las afueras de Madrid, reflexionaba sobre el porqué de llamar Tommy a Tommy. En realidad, desde que alcanzaba a recordar, siempre había querido tener un can de nombre Bon Jovi. ¿Por qué no lo había hecho? Ah, sí, ya recordaba. Alguien, ahora no recordaba quién, le había comentado que era un alias ridículo para una mascota.

Volvió a sacudir su cabeza, dejando que la coleta acariciara la parte superior de su espalda. Sí, quizás lo era, pero también le parecía gracioso. ¿Por qué había renunciado a ello? Si hubiera hecho caso a su impulso inicial, tendría al perro con más personalidad de toda la manzana. A cambio, tenía un labrador que se llamaba igual que otros cinco canes más de su calle. Había tomado la alternativa, la opción facilona, el sucedáneo. “¡Malditos sucedáneos!”, gritó para sí, al tiempo que esquivaba a un jubilado que se disponía a cruzar el paso de peatones a una velocidad inferior a la que el running exigía.

No es que Martina tuviera ningún problema con el caviar de palo o con el surimi. De hecho, se declaraba fan de los palitos de cangrejo envasados en paquetes de cinco, listos y dispuestos para decorar las ensaladas que engullía por la noche. El problema era que los sucedáneos habían salido de la nevera, habían abandonado el plano culinario de su vida y se habían adueñado de todo lo demás. Incluso de las emociones, incluso de las decisiones.

Martina encaró aquel camino de tierra por el que todos los días entrenaba. Cinco kilómetros de marcha y vuelta a casa. Cambio de canción. AC/DC, You Shook me all night long. Bien, continuemos. Analizó su situación actual, no sin reparos, que a nadie le gusta examinarse en exceso. En medio del vaivén de sus rodillas, que se superaban en cada zancada, se percató de que había tomado a los sucedáneos como compañeros de fatigas y celebraciones.

Recordaba que siempre había deseado ser arqueóloga. Sí, hasta que alguien de su entorno, aunque no sabía identificar concretamente quién, le advirtió de que aquella profesión era complicada y de que apenas tenía salidas. Asustada, tomó el camino del Turismo. Sí, porque de aquel modo podría viajar. Sí, Turismo parecía ofrecerle la posibilidad de estar cerca de los monumentos, de los museos, de los tesoros escondidos tras los semáforos y los rascacielos de las ciudades… No era lo mismo, pero era algo seguro, cómodo, con alta probabilidad de salir bien.

Después, al terminar la carrera, encontró trabajo en un hotel del centro de Madrid. Siempre había creído interesante dedicarle un año a los idiomas, pero ya tenía aquel empleo sobre la mesa. Y, al fin y al cabo, los idiomas iban a estar presentes en su día a día con los clientes. Llevaba ya tres años en aquella recepción, deseando que por la puerta resplandeciente entrara alguien con tantas ganas de hablar como ella tenía de descubrir el país del que procedía. Algunas veces había suerte, otras no tanta. Pero ¿qué esperaba?

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Aquel día el sol estaba encantador. Sonrió al sentir cómo los desinteresados rayos acariciaban sus mejillas salpicadas de diminutas pecas. A Aarón le gustaban. Sí, solía decirle que era increíble el modo en que estaban dispersas desigualmente, pero con coherencia, en sus redondas y sonrojadas mejillas. Volvió a sonreír. Qué pena haber perdido el contacto… Eran buenos amigos en la Universidad. Podría haber pasado algo de no ser porque, por entonces, ella andaba en sus idas y venidas con Roberto. Siguiente canción. Single Ladies de Beyoncé. El cambio de registro no la desconcertó. Tampoco la desconcentró en su momento de introspección.

Roberto y Borja, sus dos últimas parejas, no habían estado mal. Buenas personas, con objetivos, saludables, atractivos a su manera… Pero ¿por qué no había sentido la explosión del deseo por ellos? ¿por qué no habían sido ese mejor amigo y amante que anhelaba? Era como si fueran los tipos con los que “debía estar”, al margen de sus impulsos, de sus sentimientos.

Ella hubiera preferido a Aarón, pero alguien, en ese momento no caía en quién, le había comentado que era un chico sin ideas claras, que era un tanto peculiar y disruptivo, que no querría nada serio, que andaba coqueteando siempre con unas y con otras. Así que escogió dar una renovada oportunidad a Roberto, para la alegría de su madre, que le adoraba. Pero Roberto era tan convencional que hasta su última ruptura fue aburrida. Se rio de golpe. Eso sí, disimuladamente para no parecer una lunática.

Se acordó de que rompieron porque ella siempre había dicho que no descartaba vivir en una ciudad con playa “un año de estos”. Y él, claro está, pretendía “asentarse en la capital” de forma definitiva y sin discusión. Menuda ingenua. Lo más cerca que estaba de una masa de agua, en casa de sus padres, era de la piscina hinchable de los críos de los vecinos.

Pero es que cuando estaba decidida a hacerlo, hubo una persona, a la que no le ponía nombre en ese momento, que le aseguró que era una idea horrenda. “Aprovecha ahora que puedes vivir con tus padres, que pueden mantenerte. Ahorra dinero y, después, ya verás”. “Sí, eso haré. Así podré viajar”. Pero no había viajado demasiado. Bueno, en la playa de Benidorm había conocido a un grupo de italianos y a un par de alemanas muy simpáticos. Eso sí que era intercambio cultural. Y, sin embargo, ¿por qué sentía que se estaba perdiendo algo?

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Entonces, regresó a cada una de las decisiones, a cada momento en que tomó el sucedáneo y abandonó el original. El Ipod cambió a It’s my life de Bon Jovi, como un guiño cruel y reflexivo del destino. El nombre de su perro, sus estudios, sus parejas, su residencia, sus viajes, su año en el extranjero, sus sueños, sus emociones… todos habían sido manipulados por el peor consejero de todos: su miedo a equivocarse, a fracasar. Era él quien le había hablado siempre, en cada momento crucial.

Empezó a notar cómo sus piernas se adaptaban a la cadencia de la música. En su mente esta comenzó a acelerarse, tenía que seguir aquel ritmo, tenía que aumentar la velocidad. Sí, porque la lentitud con la que corría todas las mañanas también era un sucedáneo de lo que era capaz de hacer. Pero no quería tropezarse con alguno de los guijarros del camino.

Sacudió la cabeza por tercera vez aquella mañana y aceleró, aceleró todo lo que pudo, viendo la meta ante sí. Dejó que el viento la acariciase, que la ayudase a avanzar. Notó cómo las piernas se estiraban, se fortalecían, se lucían en todo su esplendor. Los músculos se contraían y se expandían como impecables engranajes en la máquina todopoderosa e imperfecta que es el cuerpo humano.

Y su sonrisa se asomó, orgullosa, altanera, pero, sobre todo, auténtica, verdadera, tanto como lo era la Martina que soñó un día con convertirse en arqueóloga. ¿Estaba a tiempo de dejar de ser un sucedáneo de aquella niña? Su deportiva rozó la línea de meta y su corazón, desbordado, aplaudió su hazaña. Respiró hondo, recuperó un aliento que era solo suyo. Sí, quizás sí lo estaba.

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