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Sé que dueles (parte III)

“Sé que dueles”, parte I

“Sé que dueles”, parte II

—¿Miedo de afrontar el qué? Porque yo pensaba que esto era una relación, no lo que quiera que sea ahora. ¿Y encima, dices que yo he pensado en ponerte los cuernos? ¿Sabes? Pensaba que me conocías más. Pero ya veo que no. Sé que hemos pasado una mala racha, pero ¡NUNCA! Nunca te pondría los cuernos, es más, quería arreglarlo llevándote a Nueva York como sorpresa para solucionar lo nuestro. Por eso fui esta mañana a tu casa. Porque yo, no como tú, sí lucho por lo que quiera que sea esto.

—Mira, no me vengas ahora de víctima, que siempre has sido tú la que no ha dado ni un duro por lo nuestro, diciéndome que tenía miedo a tener algo más serio, bla, bla, bla… ¿O ya no te acuerdas? ¿Es que tengo que recordártelo?

No podía imaginarme ni quería que él me estuviera diciendo esas palabras. Así que cogí todas las fuerzas que me quedaban, y lo eché a golpes de mi casa. Ahí fue cuando supe que todo había terminado. Me encerré en casa, la angustia se apoderaba de mí, no quería ni pensar en el vuelo, así que dejé los billetes encima de la encimera y empecé a escribir, tumbada en la cama. Mientras escribía veía pasar mi futuro, ese que ya no viviría. Las lágrimas no paraban y mis ganas de luchar se desvanecían con cada letra que escribía. Al final me dormí, no sé si del cansancio o del lagrimón que llevaba encima. Al despertarme, me miré en el espejo y vi como mi reflejo me decía “Te lo dije”. Cogí el primer bote de pastillas que tenía, la primera botella de alcohol y me la tomé entera, sin mirar atrás. Igual que había hecho él hace un par de horas.

A la mañana siguiente no desperté. Alguien abrió la puerta del piso y ahí me halló, muerta en mi propia habitación, al lado de mi última copa. Fue él quien me encontró. Esperaba que fuera así, para que sufriera tanto como yo había sufrido toda la vida por tíos como él. Se dirigió a la cocina para sentarse y asimilar aquella situación. Vio que encima de la encimera yacía una nota junto a unos billetes. Encima de los billetes ponía “Ahí tienes tu sueño, cógelo”. Comenzó a leer la carta.

“Sé que no quieres nada de esto, pero este es mi final. Porque así lo he querido yo. No puedes llegar a entender por qué he hecho tal atrocidad, pero quiero que recuerdes cuando te dije que no soportaría que me hicieran daño otra vez. Recuerdo cada uno de los tíos que me han dejado por otras, recuerdo cada lágrima como si fuera ayer. Hace mucho tiempo llegué a la conclusión de que yo era la culpable. Pero tú… tú hiciste que olvidara cada golpe que había recibido a lo largo de mi vida. Hasta ayer.

Sé que el principio de nuestra relación fue duro para ti. Sé que me negué en bandeja a aceptar y demostrar lo que sentía por ti, que me excusaba diciendo que tenía miedo a tener una relación. Y hoy, aunque pienses que es tarde, quiero aclarártelo. Estás muy equivocado, nunca me negué a aceptar lo que sentía por ti, siempre lo supe desde el minuto uno en que te vi. Sabía que serías el último hombre de mi vida, pero no podía decírtelo, no podía volverme vulnerable. Por eso, me lo callé. Necesitaba tener una salida por si algún día me dejabas. Nunca tuve miedo a tener una relación, ambos sabíamos lo que teníamos y sabíamos lo que era, pero tenía miedo a que si le poníamos una etiqueta, todo se acabaría terminando y tú, te acabarías cansando de mí. Por eso lo atrasé lo máximo que pude. No espero que comprendas el porqué de este final. Pero ya no aguanto más. Hace cosa de un año me abrí a ti, me tiré a la piscina pidiéndote salir y declarándote mi amor. Y hoy, tú me lo has pagado así. Por eso esta situación. Estoy cansada de darme golpes cada vez que me tiro a la piscina, ya he perdido la cuenta. Porque en ninguna ocasión un hombre ha dado lo mismo por mí que yo he dado por ellos. Estoy cansada de levantarme cada mañana llorando por alguien o con miedo por si me dejaran ese día. Tuve que aprender a no lanzarme al vacío, tuve que aprender a cerrar con llave una parte de mí que te acabé entregando. Te entregué la última parte con vida que me quedaba. Y ojalá te hubiera encontrado con esa furcia mucho antes de declararte mi amor, mucho antes de todo esto. Ojalá… Pero no fue así, y yo, estoy harta de empezar de nuevo cada vez que a vosotros os da la gana bajaros la cremallera con la primera que pilláis”.

Imagen: Unsplash

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