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Impregnada de humedad

Ver las cosas con la perspectiva que merecen, no dejar que la desesperación empape estas letras, pero sin obviar que la tristeza ha diluido cada una de esas palabras que te escribí sin que me temblará el pulso. Confiando ciegamente dentro de mis posibilidades de persona rota.

Separar alma y cuerpo; esperanza y realidad. Observar todo lo que fue y lo que ya no será, contemplar los diminutos pedazos que quedan de mi, después de tu tormenta vestida de traición.

Desgastar cada una de las palabras que últimamente se me agolpan en la garganta, dejándome sin voz, rindiéndome a ese silencio al que siempre te has agarrado con la fuerza de quien no tiene más que decir que mentiras vacías.

Se ha roto ese sentimiento que hicimos crecer. Se ha perdido en un extraño murmullo que me recuerda a tus falsas promesas; palabras que a estas alturas se han extraviado en medio de esas utopías que, no hace tanto, creía con todo mi ser.

Escuchar de lejos esas melodías que me recuerdan a ti, no ayuda a que esta herida deje de sangrar, pero me permiten recordar mi cruel error al confiar con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Te permito permanecer a mi lado para que observes de cerca todo el dolor que me has causado, el sufrimiento que me hiela el alma y me paraliza el latir de este corazón, que ya no tiene motivos suficientes para resistir.

Y aún hoy, persisto en esta batalla constante por saber en qué fallé, cual fue el momento en qué dejé de ser tu mundo, para ser sólo una mísera parte de él, una parte que no merecía respeto. Ese mismo respeto que yo te he mostrado cada día de esta vida juntos que ahora se desvanece ante mí, como si de una triste película se tratase.

Este maldito porqué me quema en la garganta y tu mirada ausente no me permite reconocerte, en medio de tus mentiras compulsivas y tus engaños desenfrenados, apenas pervive ni siquiera un rastro de ese ser que quise con toda mi alma, y que ahora se convierte en una especie de monstruo desconocido que observa tristemente mis heridas, las mismas que llevan su nombre.

Y dime, ahora, quien me salvará de esos malditos ecos que resuenan en mi cabeza, los mismos que me hablan sin piedad, que me recuerdan la maldita verdad que es tu desliz y me convierten en una especie de alma martirizada disfrazada de falsa felicidad.

Y dime, si es que a partir de ahora, la confianza no será más que un simple anhelo de quien es incapaz de sobrevivir.

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