Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Paniagua (España)

Dejadme morir

Khaled está sentado en la playa, con la ropa empapada y una manta térmica por encima. No sabe quién se la ha puesto, solo recuerda que llevaba camiseta amarilla y pantalones rojos. Ve a unas cuantas personas vestidas así, saliendo del mar con niños en brazos. Los dejan en tierra firme y vuelven corriendo adentro. No sacarán a sus pequeños, Norman y Saya; ni a su mujer, Hala. No vivos, en todo caso.

No puede ni tiene ganas de moverse, ni de hablar, ni de llorar. No pestañea. Respira por inercia. Le dijo que siempre lo protegería y no ha cumplido su promesa. Revive una y otra vez el momento en que una ola le ha arrebatado a Norman, de solo tres años, de sus brazos. Lo agarraba con todas sus fuerzas, y de repente lo ha sentido resbalar por su pecho y ha visto desaparecer sus ojos negros y sus manitas rechonchas extendidas. Ha intentado lanzarse tras él pero varios pares de brazos lo han retenido en la embarcación. ¿Por qué han hecho eso? ¿Por qué no le han dejado ir tras su hijo? Hala ha sido más rápida que él y ahora comparte destino con sus dos vástagos. La envidia.

Dos horas antes de embarcar su mujer dio a luz a su hija Saya. A la media hora ya no respiraba. Su pobre pequeña, gestada entre bombas, destrucción, miseria, desesperación, impotencia… creía que sería un brote verde en el gris de sus vidas marchitas, pero se equivocaba.  Intentó convencer a Hala de que dejara su cuerpecito aún caliente enterrado en la playa, pero no le hizo caso y la llevaba atada con un pañuelo contra su dolorido pecho, por debajo de la ropa.

Khaled mira hacia el mar, fija la vista en el horizonte y puede ver su pasado: trabaja en el banco y cada día al volver a su ático de cuatro habitaciones, encuentra a Hala en la terraza de cien metros cuadrados, cuidando de las plantas y el pequeño huerto que ha preparado con mimo. Eso si no está tejiendo alguna pequeña ropita para los niños que esperan con ilusión.

Pestañea, va volviendo en sí. El viento le trae olor a mar y a pérdida; siente la piel de la cara tirante por el agua con sal ya reseca, y un dolor intenso en la parte izquierda del pecho. Ahora también ve su futuro frente a él. Se quita la manta, se levanta y echa a correr adentrándose en el agua, buscando reencontrarse con su familia. Se sumerge y siente una calma calentarle las entrañas, por fin va a poder descansar. Cierra los ojos y se deja llevar.

Su cuerpo se agita con violencia. Abre los ojos y ve a varias personas agachadas sobre él. No. Otra vez no. Está tumbado en la playa, le incorporan para que vomite el agua que ha tragado mientras le hablan en un idioma que no conoce. Quiere gritarles que le dejen en paz, pero no consigue articular sonido.

Lo tapan con otra manta y lo tumban de lado, mirando hacia la orilla en la que, tal vez, algún día, aparezcan mecidos por las olas los cuerpos inertes de su mujer y sus hijos. Rompe a llorar, ahora ellos son libres y él cumplirá condena, encerrado en su cuerpo y atormentado por los recuerdos y los remordimientos.

Imagen de Proactiva Open Arms.

 

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