Termina el pensamiento de esa tarde grisácea
para hacerme entrever las rejillas del alma.
Explícame qué gastas si no es tu ausencia,
en conciencia tranquila por olvidar ser esclava.
Con la más sincera muestra de desequilibrio,
juntaré mis manos en unísono para rendirme,
y así hacer crecer eso de lo que tanto hablan,
que solo el Sol parece entender cuando acaba.
Permíteme desahuciar al viento que, disipando,
aleja las nubes turbias que hoy catalogo dudas,
por ser la elección el sendero incorrecto ya que,
solo viene navegando tras el vaivén de mi mente.
Siempre, siempre y nunca, nunca y siempre.
Nunca, siempre dicen que aún no es tarde.
¿Y si el que lo dijo llegaba tarde al encuentro
impidiéndose sazonar de cordura tal disparate?
—Déjalo estar —dice—, no me protestes en la esquela,
que la vida viene y va guardando un sitio
para los que busquen más allá de una respuesta.
Pero ahora dime… ¿En qué dirección buscas?


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