Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Paniagua (España)

Una tarde en el museo

Miriam prefería comer un plato de coliflor antes que ver aquel museo, pero a sus nueve años no tenía elección. Caminaba unos metros detrás de sus padres, con los brazos colgando a los costados, la cabeza agachada y los labios apretados. Cruzaba salas llenas de cuadros, parándose cuando lo hacían sus progenitores. No se fijaba en ninguna de las obras de arte sutilmente iluminadas por lámparas individuales que adornaban las paredes.

Pero de repente, percibió que uno de los cuadros tenía una luz diferente, más blanca, que aumentaba y disminuía de intensidad.

Miró a sus padres. Continuaban la visita sin hacerle caso. A su alrededor no había nadie. Se acercó a la pintura: aparecían cuatro niñas con unos vestidos que parecían muy incómodos para jugar, otra con pantalones —¿sería un niño con pelo largo?—, un perro grande y un señor pintando un cuadro enorme. Detrás se veía una puerta y más personas.

Con la mirada fija en el cuadro y sin parpadear fue acercándose más y más, hasta que estuvo tan cerca que no podía enfocarlo. Entonces, siguiendo un impulso, cerró los ojos, extendió los brazos y dio un salto. Y, así sin más, se encontró dentro del cuadro, con aquellas niñas de extraños vestidos que la recibieron con alegría y la invitaron a jugar con ellas.

Después de un buen rato de correr, saltar y cantar entre risas y los envites del perro, al que ponían nervioso con tanto jaleo, Miriam pensó que debía volver junto a sus padres. Se despidió, cerró los ojos y saltó en sentido inverso al que le había llevado hasta allí, con la esperanza de que eso fuera suficiente para salir. En efecto, se encontraba otra vez en la sala. Miró el cuadro, la luz que lo alumbraba era igual que las demás, aunque creyó ver al pintor sonriéndole.

Echó a correr en busca de sus padres, pero antes de encontrarlos, volvió a ver una luz aumentando y disminuyendo de intensidad. El cuadro al que iluminaba era una escena de un día de playa: tres niños jugaban en la orilla con unos veleros de juguete, acompañados por un pequeño perro blanco. A Miriam le encantaba ir a la playa así que no se lo pensó dos veces, saltó dentro del cuadro y se unió a los juegos. Un buen rato después, cansada y empapada, saltó de nuevo hacia el museo; se sorprendió muy gratamente al comprobar que allí su ropa estaba seca.

—¡Mamá! ¡Papá! —gritó mientras corría desorientada de sala en sala.

—Miriam, ¿qué pasa? No grites —le dijo su madre al verla aparecer.

Se alegró de encontrarles, pero en la sala anterior acababa de ver otra luz parpadeando.

—Nada, eh… ahora vengo. 

—Vale, cariño. Hasta ahora.

Dio media vuelta y se dirigió a la última luz. Alumbraba un cuadro en el que había una habitación muy rara y ningún niño, pero aún así entró. Allí no había mucho que hacer así que se tumbó en la cama, aburrida y cansada.

Se incorporó de súbito, ¡se había dormido! Nerviosa y preocupada salió del cuadro. Había mucha claridad, las luces del techo estaban encendidas y ya no se apreciaban las que iluminaban cada cuadro.

Oyó voces desconocidas que gritaban su nombre. Asustada, chilló ella también:

—¡Mamá! ¡Papá!

—¡Está aquí! —Un desconocido con traje llegó corriendo hasta ella y le preguntó si se encontraba bien. Llorando movió la cabeza de arriba abajo. Apareció su madre y se echó a sus brazos. Sintió que la abrazaban por detrás y escuchó la voz de su padre preguntando dónde se había metido. Escondió la cabeza contra el pecho de su madre, pensando en cómo explicar lo que había vivido, pero solo se atrevió a decir:

—Me he perdido. —Miriam no podía contener las lágrimas.

—Tranquila, cariño, vámonos a casa. Y no te volveremos a obligar a venir al museo.

Antes de salir miró hacia atrás, una luz destacaba más que la del techo. Desde el cuadro al que iluminaba, una mujer con el pelo lacio y castaño y sin cejas le guiñó un ojo.

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