Hoy el día no se llamó día, como la noche no me deja distinguir su mística presencia en el espesor que cubre los cielos, ajenos, extranjeros, sin dueño.
El canto del alma que se eleva libre,
tan necio, tan humano,
debuta brutal un claro de luna, esbozando el sentir que supera los límites del pensamiento, que razona; cauto, discreto.
Tiembla la pena, no sabe marcharse, lejana, ausente; temerosa de un vacío eterno, acumula versos perdidos, poemas muertos de hambre, de frío, de sobriedad.
En un silencio magestuoso, evoco una plegaria susurrante, entre mis labios te beso, te lloro…, ardiente, desnuda, sin ti.
Cien veces te he vuelto a la vida, de la sepultura del olvido que no te olvida.
Entre alas invisibles que se nombran libertad, surco el horizonte en tu mirada, extraviada, vacía, estéril.
Te invoco, emerges de mis huesos, oscuro, denso, maligno, mortal.
El reloj anuncia la hora…
La hora de partir; cierro los ojos, solo escucho tus pasos, invisibles, lentos tristes, sin fe.
No despertaré, hasta que mañana sea mañana, hasta que el día se llame día y la noche no llore más por ti.
Mi amor fugitivo
fantasmal, mi amor inmortal.



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